Hay lugares que parecen existir para recordarnos quiénes éramos antes del ruido.
Para mí, el fin de semana perfecto sigue siendo bastante simple: un vuelo corto, el océano Pacífico, un coco frío, un libro que no tenga prisa y algunos días para desaparecer.
Hace unas semanas encontré exactamente eso.
Entre Puerto Escondido y Mazunte, se encuentra Ventanilla, una franja de costa donde la selva, la laguna y el mar parecen convivir bajo sus propias reglas. Ahí está Casa Yatí.
El nombre proviene del zapoteco y significa “laguna”, un guiño a la cercana Laguna Ventanilla, uno de los ecosistemas más especiales de Oaxaca. Y de alguna forma, todo en el lugar parece construido desde esa misma lógica: la de convivir con el paisaje en lugar de domesticarlo.
Llegué por la tarde. La luz dorada caía sobre las paredes color tierra mientras el Pacífico se extendía al fondo como una presencia constante. Lo primero que noté fue el sonido: las olas. Una especie de respiración colectiva que acompaña cada momento del día. El mar ocupa ese espacio con una calma difícil de describir.
Casa Yatí tiene únicamente ocho suites frente al mar. Ocho espacios que parecen pensados para que nada distraiga de lo importante: la luz entrando por la mañana, el viento atravesando la habitación, las texturas naturales, los muebles hechos a mano y la sensación permanente de estar entre interior y exterior. Todo respira una simplicidad muy bien entendida. Despertar aquí fue uno de esos pequeños lujos que rara vez aparecen en las fotografías.
Abrir los ojos y ver el mar desde la cama. Escuchar las olas antes de revisar el teléfono. No sentir la necesidad de ir a ningún lado.
Después viene una caminata lenta sobre la arena. El océano de un lado. El hotel del otro. Nada más. Y al final, o al principio del día, uno de mis lugares favoritos: una palapa abierta frente al mar, construida sobre a un acantilado de roca, que alberga probablemente el gimnasio más hermoso en el que he entrenado.
No hay espejos ni hay pantallas. No hay música estridente. Solo pesas, movimiento y una vista infinita del Pacífico. Más tarde entendí que esa sensación se repetía en todo el hotel. Hay una sensación constante de presencia. Como si el cuerpo finalmente recordara el ritmo al que estaba hecho para vivir.
Entre sesiones de lectura, cafés lentos y largos momentos viendo cambiar el color del mar, pensé mucho en cómo hemos convertido el descanso en otra forma de productividad. Casa Yatí propone exactamente lo contrario.
No hacer más.
Sentir más.
Escuchar más.
Estar más.