En Venecia, una máscara nunca sirvió solamente para ocultar un rostro. Durante siglos, se permitió suspenderlo. Alterar por unas horas el género, la reputación, la clase, la conducta de quien la llevaba; interrumpir, aunque fuera por unos momentos, la obligación de seguir siendo la misma persona. Pensaba en eso mientras atravesaba la ciudad durante mi visita para ver exposiciones paralelas a la Bienal; entrando y saliendo de palacios, iglesias y habitaciones prestadas al presente. Más que la máscara como metáfora de la mentira, pensé en la posibilidad de que aquello que llamamos identidad sea ya una forma de representación, una superficie construida para poder existir entre otros.
Nadie llega a la conciencia desnudo de historia. Antes de tener memoria propia, ya estamos inscritos dentro de alguna otra. Familia, género, educación, clase, belleza, éxito, amor, pertenencia: cada estructura deja una instrucción. Aprendemos qué merece admirarse, qué debe avergonzarnos, qué clase de vida significa haber triunfado, qué formas del deseo pueden mostrarse y cuáles necesitan traducirse antes de volverse aceptables. Después pasamos años combinando esas instrucciones hasta producir una figura suficientemente coherente para decir yo. Incluso aquello que consideramos íntimo contiene materiales anteriores a nuestra existencia.
El gusto tampoco nace en privado. Lo que con el tiempo sentimos como instinto ha sido entrenado por pertenencias, exclusiones, hábitos y jerarquías tan incorporadas que terminan perdiendo su genealogía. Lo aprendido adquiere la textura de lo natural.
La preferencia parece espontánea. El prejuicio se disfraza de sensibilidad. El deseo adopta la voz de la elección. Había llegado a Venecia con una ruta. Eso también formaba parte de mi trabajo: investigar, seleccionar, construir relaciones entre cosas. Pero muy pronto la experiencia empezó a exceder cualquier itinerario. No porque el conocimiento impidiera mirar, sino porque mirar resultó ser una operación mucho menos estable de lo que había supuesto. Frente a la exposición “Basic Failure” de Sanya Kantarovsky sentí primero fascinación. Había algo profundamente bello en aquellas figuras vulnerables, atravesadas por una oscuridad que no anulaba su ternura; me afectaban antes de que pudiera organizar las razones. En Canicula, la percepción se volvió física a tráves de los videos proyectados, oscuridad, calor y sonido convertían la saturación en una experiencia corporal. Me fascinó la intensidad con la que una idea tan clara podía sentirse antes incluso de terminar de pensarla. Con Anish Kapoor “Palazzo Manfrin” ocurrió lo contrario y, a la vez, lo mismo. La materia ya no parecía limitarse a ocupar el espacio: lo organizaba, lo alteraba, lo volvía parte de la obra. Aquello que esperaba reconocer se volvía más extraño al adquirir volumen.
Pero fue escuchando cuando la relación entre pensamiento y experiencia terminó de alterarse. “The Ear Is the Eye of the Soul”, en el Pabellón de la Santa Sede, se desplegaba como un espacio construido por frecuencias, voces y silencios. Caminé alrededor durante una hora sin demasiada necesidad de llegar a ningún sitio. La música siempre había ocupado en mi vida un lugar distinto al de las imágenes; muchas veces la había sentido entrar al cuerpo antes de que la mirada pudiera organizar lo que estaba ocurriendo. Patti Smith estaba además inscrita en mi propia historia mucho antes de ese día; había sido impulso, compañía, una forma de imaginar que todavía era posible moverse siguiendo algo que no podía justificarse enteramente.
Cuando escuché su pieza poética al final, lloré. No porque hubiera encontrado una respuesta. Durante un momento había dejado de buscarla. Esa diferencia empezó a importarme más que cualquier oposición entre lo aprendido y lo intuitivo, entre aquello que sabemos reconocer y aquello que nos afecta antes de adquirir un nombre. El criterio no consiste en fingir que llegamos a una obra sin referencias. Eso sería otra fantasía de pureza. Consiste en reconocer qué hacemos con todo aquello que sabemos cuando algo aparece frente a nosotras y no coincide enteramente con lo que esperábamos encontrar. Hay conocimiento que amplía la experiencia y conocimiento que llega demasiado pronto y la clausura. Nombrar puede acercarnos a una cosa; también puede impedir que nos desordene.
Pocos días después, una situación mucho menos intelectual terminó de fracturar esa estructura. Llegué a una isla cargando una idea precisa de aquello que debía encontrar. No había formulado la expectativa porque no hacía falta: estaba hecha de años de educación visual y afectiva, de una cierta idea de cómo debía sentirse una vida deseable. La realidad simplemente no colaboró. Durante unas horas intenté corregirla mentalmente, como si el error estuviera afuera. Después entré al mar.
No sucedió nada que pudiera llamarse revelación. Nadé. El agua modificó la respiración, la temperatura obligó al cuerpo a reaccionar, las piedras desaparecieron debajo de los pies y durante un rato no tuve ninguna opinión. Ahí ocurrió el desplazamiento. La experiencia empezó cuando dejó de cumplir con aquello que yo esperaba de ella.
Una prisión no necesita estar construida con prohibiciones. Puede estar hecha de conceptos extraordinariamente seductores: una idea del amor, una idea del éxito, una idea de libertad, una idea de perfección. Las estructuras más difíciles de desmontar son aquellas que hemos incorporado tan profundamente que obedecerlas se siente como deseo propio. Ya no necesitamos que alguien nos vigile. Comparamos la vida con aquello que debería ser y llamamos decepción a la distancia. Una parte del vacío que atribuimos al deseo nace ahí. No porque el objeto obtenido sea incapaz de satisfacernos, sino porque podemos atravesar una experiencia sin llegar completamente a ella. Antes existe como anticipación; después, como memoria. Entre ambas hay un intervalo estrecho en el que la realidad sucede mientras otra parte de nosotras permanece afuera evaluándola. Llegamos y simultáneamente observamos nuestra llegada. Amamos y nos preguntamos qué significa. Entramos en una habitación y ya estamos fabricando el recuerdo. La experiencia termina, queda una sensación de insuficiencia y el deseo necesita encontrar otra forma.
Empecé a imaginar ese movimiento como un espiral: impulso, forma, expectativa, encuentro, vacío, impulso otra vez. Al principio parecía una máquina condenada a reproducir la falta. Pero un espiral no es un círculo. Puede regresar al mismo punto sin ocupar exactamente el mismo lugar. La repetición también puede descender. La pregunta dejó entonces de ser qué deseaba y comenzó a ser quién era esa persona que deseaba. Desde dónde elegía. Cuánto de aquello que llamaba intuición era miedo aprendido; cuánto de mi independencia era libertad y cuánto una forma sofisticada de defensa; cuántas preferencias eran realmente mías y cuántas habían sido adquiridas hasta volverse indistinguibles de mi gusto. Jung llamó persona a la figura con la que entramos en relación con el mundo. La palabra conserva el origen teatral de la máscara. No hay nada necesariamente falso en ella. La necesitamos. El problema empieza cuando olvidamos que fue construida y la piel del personaje se adhiere tanto al cuerpo que cualquier movimiento fuera de su argumento parece una amenaza.
Aquello que alguna vez nos salvó puede convertirse en una frontera. La mujer independiente puede construir una identidad tan eficaz alrededor de no necesitar a nadie que descansar en otro cuerpo se vuelva peligroso. La persona racional puede convertir su lucidez en una forma de no entregarse a aquello que no controla. Quien ha construido una vida alrededor del criterio puede usar el gusto como un muro. Incluso la libertad, cuando se vuelve identidad, puede exigir una disciplina feroz.
La libertad no consiste en existir fuera de nuestros condicionamientos. Ese afuera probablemente no existe. Consiste en adquirir suficiente conciencia sobre ellos para que dejen de confundirse automáticamente con voluntad.
Después llegué a Roma.
Frente a los restos del Imperio resultaba difícil seguir atribuyendo esta fabricación de ideales a una enfermedad exclusiva del presente. Roma había entendido hacía siglos que el poder no se conserva solamente mediante leyes o ejércitos; necesita organizar la imaginación. El cuerpo adquiere proporciones ideales, la juventud se inmoviliza en mármol, el emperador aumenta de escala, la piedra ensaya una respuesta contra la muerte. Una civilización entera produce formas capaces de decir qué merece admirarse y, por lo tanto, qué merece desearse.
En medio de esa ciudad me hospedé en Palazzo Talìa, un palazzo del siglo XVI transformado por Studio Luca Guadagnino. Entrar tenía algo de hacerlo en sus sets: la historia no había sido borrada, sino puesta en una nueva escena. Frescos, mármoles y vestigios del antiguo edificio convivían con geometrías, colores, objetos y diseño contemporáneos. Un edificio puede producir una nueva realidad.
Lo extraordinario de Roma es que aquello construido para representar totalidad llegó hasta nosotros incompleto. Un torso sin brazos permanece después de que el sistema que le daba sentido ha desaparecido. Una columna sobrevive al templo. La superficie destinada a negar el tiempo termina convertida en evidencia de su paso. Hacemos algo parecido con nuestra identidad: invertimos una cantidad enorme de energía en producir coherencia cuando son precisamente las fracturas las que permiten ver de qué estamos hechas.
Pero arrancar una máscara no revela un rostro verdadero. Debajo aparece otra capa.
Después otra. Memorias, educación, heridas, deseos heredados, mecanismos de supervivencia, contradicciones, impulsos que nunca adquirieron lenguaje. La fantasía de un yo original, limpio de historia y cultura, puede ser otra versión del mismo deseo de perfección: una estatua intacta escondida dentro de la ruina. La desnudez del alma no consiste en eliminar las capas, sino en poder verlas. Simone Weil pensaba la atención como una suspensión: una disposición a recibir aquello que existe sin imponer inmediatamente sobre ello lo que esperamos encontrar. Esa idea me hace más sentido que cualquier exhortación contemporánea a “vivir el presente”. Estar presente no es una técnica de bienestar. Es renunciar, aunque sea por unos segundos, a la necesidad de que el mundo confirme nuestra narración. Ahí aparece otra forma del vacío, la que deja aquello que nunca terminamos de experimentar. El que necesita una nueva persona, un nuevo lugar, otra adquisición, una nueva promesa. Pero existe también el vacío que queda después de una experiencia completa. No pide inmediatamente ser llenado. Es el espacio que permanece cuando algo ocurrió verdaderamente y ya no está. El espiral seguía ahí. Deseo, movimiento, experiencia, vacío, deseo otra vez. Ya no me parecía necesario escapar de él. La cuestión era distinguir cuándo el deseo nacía de la compulsión por confirmar una estructura y cuándo producía una apertura. Algunas vueltas devuelven exactamente al mismo personaje. Otras erosionan algo. Una ilusión puede ser una cárcel, pero también el puente necesario para llegar hasta el punto en que deja de servir. Una fantasía puede conducirnos hacia una experiencia que termine destruyéndola. Una máscara puede permitirnos atravesar una etapa de la vida y después convertirse en la piel que tenemos que arrancar. Durante un momento no existe una representación suficientemente firme de quiénes somos. Hay vacío. Y precisamente porque hay vacío, algo puede entrar. Conocerse no consiste en llegar finalmente a una identidad verdadera. Consiste en adquirir suficiente intimidad con nuestras propias construcciones para saber cuándo deben dejar de gobernarnos. Reconocer qué pertenece a nuestra historia sin reducirnos a ella. Atender a aquello que produce una respuesta antes de exigirle una conclusión. Permitir que el deseo nos mueva sin obligarlo siempre a convertirse en destino. Por eso sigo regresando mentalmente al agua. No porque haya ocurrido allí algo extraordinario, sino porque durante un instante no hubo nada que sostener. El agua no puede agarrarse. El cuerpo sólo permanece a flote mientras acepta el movimiento. No existe una postura definitiva, una superficie estable, un reflejo suficientemente fijo como para afirmar: esta soy yo. Eso es lo más cerca que he estado de reconocerme: cuando dejé, por un momento, de necesitar hacerlo.