En una cultura obsesionada con la optimización del cuerpo, de la imagen y del rendimiento emocional, el rave sigue siendo una anomalía interesante: un espacio donde convergen hedonismo, tecnología, comunidad y ritual.
La experiencia se organiza a partir de otra lógica: repetición, cansancio acumulado, saturación sonora y un tiempo que se dilata hasta perder su linealidad. Ese desorden es, precisamente, el método. Una forma de liberación del ego que no pasa por la búsqueda de perfección, claridad o control.
Mucho antes de la música electrónica, la filosofía ya había descrito experiencias en las que el individuo abandona momentáneamente sus límites y el cuerpo se disuelve en una energía colectiva. Quizá toda sociedad necesita momentos de exceso; por eso crea espacios donde la energía deja de invertirse en producir valor y se gasta —o se entrega— de forma colectiva, como sucede en la fiesta o en el ritual del rave, que en ese sentido podría leerse como una de las formas contemporáneas más claras de ese impulso. Estas experiencias aparecen una y otra vez a lo largo de la historia humana. El sociólogo Émile Durkheim describía algo similar al hablar de la efervescencia colectiva: momentos en los que la emoción compartida intensifica la sensación de pertenecer a algo más grande que el individuo.
Dentro de ese paisaje cultural, Bahidorá ocupa un lugar singular en México. A lo largo de más de una década, el festival ha evolucionado de encuentro musical a algo más cercano a un ecosistema cultural: un espacio donde naturaleza, sonido y comunidad producen una experiencia que oscila entre celebración, trance y exploración sensorial. Para entender cómo se construye ese equilibrio, platicamos con Iñigo Villamil, fundador y figura clave detrás del festival.
Bahidorá empezó hace más de doce años como un festival y se convirtió en un organismo cultural. ¿Cómo ha cambiado el significado de hacerlo cada año? ¿Sigue siendo el mismo impulso o hoy responde a otras urgencias?
El impulso original permanece: la inquietud de crear un ritual colectivo donde las personas puedan transformarse y conectar con partes profundas y honestas de sí mismas. Empezamos muy jóvenes y no entendíamos del todo la dimensión de lo que podía suceder en un espacio así. Esa profundidad la fuimos descubriendo con los años,
viendo cómo reaccionaba nuestra audiencia y aprendiendo qué era posible dentro de Bahidorá y de Las Estacas.
Lo que ha cambiado es la madurez. Hoy entendemos mejor la distribución de los espacios, el diseño de los escenarios y la construcción del programa musical para que realmente toque a quienes lo viven. Pasamos de ser una fiesta de un día a una experiencia de tres, lo que nos permitió crear una narrativa a lo largo del fin de semana: momentos de despegue y aterrizaje, mañanas sin música en las que el río, el sol, la conversación y las actividades lúdicas forman parte esencial del todo.
Antes intuíamos que estos eventos podían ser transformativos; hoy sabemos cómo sostener esa experiencia de una manera más consciente.
Bahidorá nunca ha propuesto una experiencia perfecta, sino un altermundo subjetivo donde cada quien construye su propio recorrido. ¿Cómo ha evolucionado la curaduría musical en relación con el momento cultural que vivimos cada año?
Los festivales son manifestaciones culturales complejas. La curaduría no es solo mi gusto o el de mis colegas; es un reflejo de lo contemporáneo. Cuando viajamos buscando música, no encontramos únicamente lo que nos gusta, sino lo que existe en ese momento. Siempre buscamos traer propuestas vigentes, emocionantes y distintas. Bahidorá habla del tiempo. Nuestra programación dialoga con el presente, pero también ofrece una experiencia que permite tomar distancia de él.
¿Cómo decides entre hype y profundidad para el alma del festival?
Es una decisión muy intuitiva. Hay artistas que encajan en el universo Bahidorá porque tienen oficio, intención, detalle; no solo un ángulo comercial. A lo largo del tiempo hemos visto cómo cambian las tendencias. Algunos lineups del pasado son muy de su época. Este año, traer a Four Tet o Ricardo Villalobos representa la misma intención original, pero traducida al presente.
Nos adaptamos al tiempo, pero siempre buscamos romper
con lo predecible. La profundidad no está peleada con la vigencia; está en la intención.
¿El rave sigue siendo algo contracultural? ¿O ya forma parte del mismo sistema que alguna vez cuestionó?
El rave nace como contracultura, pero su potencia lo llevó al mainstream. Hoy existen festivales con una lógica más comercial, donde la prioridad es vender boletos.
Nosotros somos independientes. No somos un corporativo;
somos personas tomando decisiones. Claro que el festival debe ser financieramente sostenible, pero la motivación es distinta: queremos crear una experiencia transformativa y cuidada.
El dance floor es sagrado. Es un espacio de escucha profunda, comunidad y expresión. Cuando combinas eso con mensajes claros de sostenibilidad, cero tolerancia al acoso y consumo responsable, siembras una conciencia colectiva. Es una experiencia inmersiva que puede transformar corazones.
Existe una dualidad entre escapismo y confrontación en el trance colectivo. ¿Cómo la has vivido personalmente?
Bahidorá, para nosotros, es un lugar imaginario, pero interno. Un espacio donde encuentras tu verdad y, desde ahí, te reconoces como parte de una comunidad. En el trance musical ocurre algo muy particular: eres una persona escuchando sonidos que te hipnotizan, pero al mismo tiempo tu ego se diluye y te conectas con el todo. Esa disolución genera empatía y conciencia colectiva.
Es una experiencia cercana a lo psicodélico: confronta la
relación entre tu identidad individual y tu papel dentro de la sociedad.
La celebración puede acercarse a lo sagrado porque transforma el tiempo: lo expande, lo suspende, lo desplaza hacia otra dimensión. ¿Cómo crees que el papel de Las Estacas, como entorno, ha moldeado también la experiencia del festival?
Bahidorá y Las Estacas están profundamente unidos. Hacemos un festival en un entorno natural que es casi un edén: río, vegetación, fauna, abundancia. Con el tiempo entendimos que debíamos rediseñar el layout para proteger el ecosistema. Movimos escenarios lejos del río y concentramos los campamentos en zonas más adecuadas. Esto mejoró la experiencia —la gente descansa mejor, está más fresca— y al mismo tiempo refuerza nuestro compromiso ambiental.
La sostenibilidad no es solo un discurso; también es estructura y decisiones concretas.
México tiene una historia profunda de rituales colectivos donde el ritmo, el trance y la repetición han sido centrales en nuestra historia ancestral. ¿Ves a Bahidorá como una continuidad contemporánea de esa tradición, aunque exista dentro de una economía global culturalizada?
Sí, absolutamente. Esa energía tribal, espiritual y colectiva es la esencia. No somos los únicos, pero dentro del país hay una vibración particular.
Nada se compara con la música a alto volumen y la capacidad que tiene de sumergirte en mundos estéticos y abstractos. Es la misma energía ancestral adaptada a la contemporaneidad: tecnología nueva, sonidos más complejos, pero el mismo impulso ritual.
¿La dimensión imperfecta es una parte consciente del proyecto?
Uno de los mayores aprendizajes de Bahidorá es aceptar su imperfección. Una vez que empieza, ya no controlas todo. Solo algunas variables; el resto es emergente, caótico.
El festival es DIY y profesional al mismo tiempo. Funciona: hay orden, limpieza, logística sólida. Pero está hecho con manos humanas —las nuestras y las de la comunidad. Esa imperfección lo vuelve cercano, humano, real. No hay una barrera entre el festival y quienes lo viven. Lo hacemos entre todos.Y en esa imperfección radica su belleza.