Entre pasos y meditaciones
Palazzo Talìa
(TRAVEL)

Algo me había llevado a Roma. Sabía que quería ir, pero no era parte lógica de mi itinerario principal. Se volvió una causa cuando mi amiga Ilse, quien se había unido a mi viaje de verano, me alcanzó en Venecia y tenía que regresar a Los Ángeles después de Ponza, una isla, desde una ciudad con vuelos internacionales directos. Por semanas pensé que había hecho todo mal. Yo estaba en el sur de Francia, en Niza, exactamente. ¿Por qué no fui primero a la isla y luego a Venecia? Es absurdo todo el recorrido que estoy haciendo.

Mi principal razón para saltar de Francia a Italia fue la Bienal y, particularmente, visitar y experimentar el Pabellón de la Santa Sede, por Patti Smith y Brian Eno, que entre otros artistas componían la instalación que se encontraba, en un jardín de plantas medicinales detrás del convento de los Carmelitas Descalzos. Quería ver muchas otras cosas de la Bienal, pero nada me emocionaba como esto. Ilse llegó un día antes. Todo era por cita: tenías que reservar tu lugar a cierta hora y organizar una agenda alrededor de esa experiencia que tanto querías vivir. Porque entre vaporetos, horarios de comida a la italiana y taxis privados de ochenta euros, tienes que sacar lo mejor de Venecia mientras las exposiciones estén ahí.

Ilse no se despertó aquel domingo, 19 de julio, para visitar el pabellón. Salí rumbo a mi muy detalladamente planeado itinerario, y crucé Venecia sola. Mi forma favorita de viajar. Fue la mejor manera de atravesar la experiencia sonora de The Ear Is the Eye of the Soul, porque era una actividad meditativa: tenías que desconectarte de todo para poder conectar realmente con las piezas, que a su vez se conectaban entre ellas en una mezcla espectacular, uno de los mejores soundtracks que he vivido que responden a los cantos y escritos de Hildegarda de Bingen.

Venía de una experiencia cercana a la muerte en la montaña de Sainte-Baume, y eso potenció mis emociones al caminar por uno de los pasillos finales. Si bien entrar escuchando a Brian Eno entumeció mi cuerpo hasta disolverme en las sensaciones sonoras, lo que más anhelaba era escuchar la composición de Patti. Al terminar el pasillo principal, la música electrónica ambiental, intensa y sostenida, retumbó no solo en mis oídos, sino dentro de mí. Sentí una forma de pavor emocional ante lo que me esperaba; vi una rosa roja, levanté la mirada hacia la estatua de la Virgen en el altar y escuché la voz de Patti diluida sobre la música anterior, recitando su poema. Ella era la Virgen Maria, o la Virgen era ella, y hablaba amorosamente de su hijo.

No sé si fue mi renovado concepto de la fe, todavía reconfigurándose después de lo que había vivido; mi conexión de tantos años con Patti; sus emociones hacia la maternidad y las mías; o la potencia sonora de una voz que resonaba con los orígenes de su trabajo y con la forma en que ha influido en mi vida. Algo de todo eso me rompió en llanto. Me sentí tan llena de vida y de agradecimiento por haber llegado a Venecia para esto que ya no me importaba nada más. Esto era más que suficiente.

Cuando me encontré con Ilse, no dejamos de hablar de Patti y de su trabajo. Su trayectoria se volvió el centro de nuestra plática por varios días; mis múltiples referencias, los ídolos de Pattiy los momentos de su vida más emotivos para mí. Hablamos de sus historias, de ella, de lo poderoso que es que siga haciendo su arte.

Llegamos a Roma y yo anhelaba dos momentos: entrar por primera vez a Palazzo Talìa y visitar la exposición de Robert Mapplethorpe.

Mis ilusiones del verano habían estado llenas de fragmentos de películas de Luca Guadagnino. Poder quedarme en un palazzo que durante años había sido una escuela, y cuyos espacios él había ayudado a rediseñar, era más que una manifestación cualquiera. Talìa, la musa de la comedia, le daba nombre al lugar. Mucho antes de que existiera el palazzo, en esa parte de Roma se veneraba a las musas y a las ninfas como protectoras de las artes y las fuentes. Al parecer, el portal estaba realmente abierto.

Nos instalamos y recorrimos los pasillos con asombro, emoción y misterio. Uno de ellos parecía no terminar nunca: una línea de tapetes de colores entre puertas oscuras, bustos antiguos y una luz cálida que seguía el largo de las paredes. Era 27 de julio y me quedaba solo un día en Roma. Mi gran final estaba destinado a Le forme della bellezza, de Robert Mapplethorpe. Había visto su obra en distintas exposiciones en Nueva York, pero nunca con tantas fotografías de Patti: su primera modelo, imágenes que terminarían siendo portadas de algunos de los discos y libros más icónicos de poesía y rock para mí. Por un momento pensé que Patti llegaría a la exposición. Había demasiado de su historia ahí, y sabía que estaba en Roma porque iba a dar un concierto esa noche. No logramos ir. La vida tenía otros planes.

Ese día, para no alejarme demasiado de Palazzo Talìa, fui a la Gagosian a ver la exposición de Francesca Woodman. Mi inspiración y conexión con la fotografía en blanco y negro estaban más intensas que en mucho tiempo. Cargué mi G1 con un Delta 3200 y me fui a Villa Borghesea tomar fotos. Estaba exhausta. Quería regresar al hotel, pero lo que acababa de vivir me lo impedía. Necesitaba documentar ese día en blanco y negro, aunque fueran sus últimos momentos. No quería nada en particular, solo congelar el sentimiento.

Tomé un par de fotos y, al sentirme una turista sin rumbo, decidí regresar a disfrutar del baño romano y del spa cinematográfico de Palazzo Talìa. Lo disfrutamos con cierta ansiedad de que no terminara. Qué rápido se estaba yendo el tiempo justo donde más quería detenerlo. Quería que esa noche fuera eterna. Nos tomamos fotos en el salón principal, bailamos y posamos, un sueño dentro de otro sueño.

A la mañana siguiente, Ilse ya se había ido. Yo tenía un calendario planeado para mi mañana que decidí soltar. Renuncié a esa obsesiva idea de hacer y me quedé disfrutando del cuarto, mi última mañana en Roma. Me desperté tarde. La fotografía de Warhol, los libros, las paredes rosa y verde y la calmada energía psicodélica de la habitación hacían que quisiera quedarme ahí un poco más. Solo atravesar los pasillos y bajar en el elevador seguía siendo parte de mi propia película italiana, una visión posmoderna de mi versión de Roma, hecha de tapetes de colores, estatuas, flores, y una iluminación que mezclaba romance con nostalgia.

Bajé a desayunar y me senté en el jardín. Estaba contemplativa, pensando quiénes eran las personas que estaban ahí, de dónde venían, por qué estaban en Roma y cómo, igual que a mí, la vida las había llevado a ese lugar en ese instante. Había tres personas vestidas de negro. Todas de negro. Empecé a imaginar quiénes eran. Seguramente estaban en el mundo del arte, involucradas con alguna exhibición. Mi imaginación empezó a entretenerme cuando la realidad la detuvo abruptamente. La realidad sobrepasó mis ilusiones.

Todo se detuvo a mi alrededor cuando Patti Smith entró al jardín y se sentó con ellas.

Había bajado sin nada en las manos más que mi Polaroid. El portal no solo se había abierto: yo estaba en su frecuencia y no me iba a salir. Tenía una misión. Por un momento pensé que era la fotografía, pero después de unos breves momentos llenos de infinitos pensamientos sobre lo que podía hacer, entendí mi encuentro.

Lo único que pude hacer fue darle las gracias. Por su legado, sus palabras —que literalmente han encaminado y salvado mi vida tantas veces—, sus fotografías y su resistencia. Decir su nombre, como Sam, Robert y Lenny, y por un momento habitar la esfera que me había dado tanto.

—Patti —le dije, mirándola a los ojos—, gracias por todo.

Se levantó y me agradeció por acercarme a decírselo. Me preguntó si quería tomar una Polaroid y posó con esa forma magistral con la que Bowie, Mercury o Morrison han creadoalgunas de las fotografías más icónicas de la historia del rock. Patti sonrió y me dijo que tuviera un lindo día.

Hoy entiendo por qué crucé de una ciudad a otra de una forma que no tenía sentido en un mapa. Mi destino no es lineal y probablemente nunca lo sea. Pero sé que tuve que ir a Roma y quedarme en Palazzo Talìa para vivir uno de los actos de psicomagia más poderosos que la vida me ha regalado.

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