Habitando la antigüedad en MONA
dna diary
(TRAVEL)

“Aquella embriagadora juventud de la tierra que llamamos antigüedad.”

 

Pienso en esta frase de Pierre Louÿs cuando recuerdo mis días en Atenas. Hay algo en Grecia que hace que el tiempo pierda su lógica. El pasado no parece estar detrás de nosotros, sino alrededor: en una piedra al doblar una esquina, en una pequeña capilla entre edificios, en el mármol gastado de una calle o en la Acrópolis apareciendo sobre los techos. Y, al mismo tiempo, en las motocicletas, los mercados, los restaurantes llenos y los grafitis.

Quizá por eso fue tan especial quedarme en Mona.

Está ubicado en Psirri, uno de los barrios más vivos del centro de Atenas, a pocos pasos de Monastiraki, la antigua Ágora, el mercado y pequeñas iglesias. Desde que sales por la puerta, la ciudad ya forma parte de la experiencia. Lo interesante es que nada se siente como una atracción aislada: la historia sucede entre la vida cotidiana. Puedes caminar hacia el mercado y encontrarte con la Atenas de hoy; unas calles después, con una piedra que lleva ahí cientos o miles de años.

Mona ocupa una antigua fábrica textil de los años cincuenta y me gustó desde el primer momento que no intentara esconder su edad. El concreto permanece expuesto, al igual que las ventanas de hierro, la escalera antigua, el mármol y las paredes gastadas. Sobre esa estructura aparecen terciopelos, maderas, textiles, piezas de arte y objetos encontrados. El resultado es urbano, pero también íntimo.

Las cortinas de las habitaciones me llamaron especialmente la atención. Ligeras, casi transparentes, caen desde el techo como columnas. Tienen algo teatral, aunque muy suave; como si el espacio estuviera a medio camino entre una habitación y un escenario.

Y luego estaba la comodidad, que tras un día entero recorriendo Atenas adquiría otra dimensión. La cama de Mona es de esas que se recuerdan: colchón hecho a mano con materiales naturales, sábanas de algodón, una iluminación agradable y una atmósfera general de calma. Después de tantas horas por la ciudad, regresar a la habitación y entregarse al descanso era un verdadero placer.

Las mañanas empezaban ahí, con café recién molido, miel de brezo de Kimolos, buenos ingredientes y los mejores huevos con curry que he probado. Me gustaba esa pequeña rutina: despertar, abrir las cortinas desayunar sin prisa  y después salir a caminar.

Hay algo particular en visitar un sitio arqueológico y volver después a una ciudad como Atenas. Durante horas estás entre piedras, columnas y montañas, intentando imaginar una vida ocurrida hace tanto tiempo que resulta casi imposible dimensionarla. Y luego regresas al presente.

Aquella noche llegué a Mona y llené la tina con agua caliente.

Fue uno de esos momentos pequeños que terminan quedándose más que muchas de las cosas que uno planea recordar. Todavía tenía Delphi en la cabeza: las piedras, el paisaje, las ruinas. Y, sin embargo, al entrar en la habitación no sentí que hubiera dejado aquel lugar por completo.

Había una relación inesperada entre ambos espacios. Quizá porque en Atenas la antigüedad no está encerrada en un museo: aparece en los materiales, en las proporciones, en la luz y en las calles. Puede acompañarte durante el día y reaparecer, de otra forma, unas horas después en una tina de agua caliente.

Esa continuidad me gustaba.

Casi al atardecer subía a la terraza.

Desde ahí, la Acrópolis domina el paisaje. No como una postal, sino como una presencia constante sobre una ciudad completamente viva. Abajo, Atenas seguía con su ruido, sus luces y sus edificios; arriba, la Acrópolis parecía pertenecer a otro tiempo.

Me quedaba mirándola y mi imaginación hacía el resto.

Hay algo profundamente romántico en mirar un lugar que ha sobrevivido a tantas vidas y preguntarse por las que estuvieron ahí antes.

La terraza de Mona parece hecha para esos momentos: una mesa larga de vidrio y metal, sofás, plantas, un bar honesto, la ciudad abierta alrededor. Y, enfrente, la Acrópolis.

Definitivamente, el rooftop es “Una carta de amor sensual al paisaje majestuosamente urbano de Atenas”. Me pareció una descripción bastante acertada. Aunque estando ahí, la frase adquiría otro sentido. Era menos una declaración de diseño y más una forma de entender la ciudad: su belleza está precisamente en esa convivencia entre lo majestuoso y lo cotidiano.

Lo que más me gustó de Mona es que no se siente separado de Atenas. Conserva las huellas de lo que fue, pero está completamente abierto al presente. Durante esos días se convirtió en mi punto de regreso: salía a perderme por la ciudad y volvía ahí. Poco a poco dejó de sentirse como un hotel y empezó a sentirse como un lugar propio.

Quizá eso es habitar un lugar, aunque sea por unos días.

Mona fue eso para mí: una casa temporal en medio de una ciudad que lleva miles de años aprendiendo a seguir siendo joven.

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