El lenguaje de la esencia mexicana ha tomado diversas formas en cada movimiento, espacio y tiempo diferente. El Museo Tamayo abre sus puertas a una exposición que reúne piezas, pinturas y archivo de los artistas nacidos en Oaxaca, Rufino Tamayo, Rodolfo Nieto y Francisco Toledo, quienes dejaron una huella profunda en la escena del arte de la capital francesa contemporáneo durante la segunda mitad del siglo XX.
Juan Carlos Pereda, curador de la exposición, nos comparte su relación personal con el proyecto y el proceso de investigación que transitó. Desde un punto de vista curatorial, el recorrido por la muestra cobra una nueva vida, dejando una puerta abierta para seguir historiando la modernidad mexicana.
Desde hace tiempo tenía la inquietud de reunir en una exposición a varios artistas de Oaxaca. Cuando decidí que fueran Tamayo, Nieto y Toledo, consideré inicialmente dos posibles escenarios: abordar su obra gráfica o presentar, de manera sintética, la trayectoria completa de cada uno. En el proceso de investigación cobró especial relevancia el capítulo de sus estancias en París. Al presentar el proyecto en las reuniones curatoriales del museo, surgió la posibilidad de concentrarlo en el periodo en que los tres coincidieron en esa ciudad, sin embargo esto complicaba considerablemente el proyecto. La coincidencia de residencia de estos artistas en Paris fue un periodo breve, de aproximadamente tres años, pero de gran intensidad, en el que Rufino Tamayo ejerció un importante magisterio y consolidó su proyección como artista reconocido internacionalmente. Acogió con afecto y respeto a dos jóvenes en pleno proceso de formación artística, talentosos, inquietos, vitales e inexpertos. Los ayudó a desarrollarse y los vinculó con el contexto cultural francés. Esta fórmula presentó coherencia dentro del estudio de la trayectoria y la accion de Tamayo que he desarrollado en el museo hace ya más de 30 años. Antes había planteado la posibildad de realizar un estudio de Tamayo durante su residencia en Nueva York, sin embargo ese proyecto fue realizado en el Museo Smithsonian de Washington, en 2017. Como antecedente, debo mencionar la enorme fortuna que tuve de conocer y tratar a Olga y Rufino Tamayo. Con Olga, después de un largo proceso, llegamos a construir una amistad que incluyó numerosas sesiones de diálogo, conversaciones amistosas y amenas en las que evocaba distintos capítulos de su vida personal y de su relación con el maestro. Esas charlas nutrieron profundamente mi afecto por ambos. La admiración y valoración por la obra de Tamayo ya estaban presentes en mí desde tiempo antes.
Regresar a la obra de Tamayo siempre constituye una experiencia significativa. Ver un cuadro en vivo provoca sensaciones y emociones que no se experimentan de la misma manera al contemplarlo reproducido en un libro. Muchas de esas obras todavía se encuentran en manos de coleccionistas que trataron a los Tamayo, convivieron con ellos, o pertenecen a sus descendientes. Es interesante, además, que algunos de estos coleccionistas también conservan obras de Nieto o de Toledo.
Encontrar obras producidas durante el periodo parisino fue, sin duda, un reto. Algunos de los coleccionistas habían fallecido o se habían desprendido de las obras, por lo que fue necesario asumir una labor de investigación para rastrear quién las había adquirido y
dónde se encontraban. Posteriormente, el proceso de negociación de los préstamos y el seguimiento de sus trámites se prolongan y complejizan. Es un trabajo necesariamente colectivo, realizado junto con el área de Registro de Obra del museo, pero que requiere una atención y un seguimiento permanentes.
¿De dónde surge el impulso para hacer la exposición y cómo dio inició la investigación?
He trabajado con la obra de Tamayo desde hace tiempo y que tengo un panorama amplio de su trayectoria y producción. También conozco la obra de Rodolfo Nieto, de quien realicé una retrospectiva para Fomento Cultural Banamex, presentada también en el Museo de Monterrey (MARCO), alrededor de 2010.
Al maestro Toledo lo conocí a través de Olga y Rufino Tamayo. Algunas conversaciones con él fueron revelando un afecto compartido por los Tamayo y por él. Los constantes viajes a Oaxaca, tanto en compañía de ellos como por motivos de trabajo, detonaron la reflexión acerca de cómo vincular a los tres artistas. Mi gusto y respeto por la obra de Toledo siempre ha estado ahí tambien, la muestra es resultado de un proceso largo.
La coincidencia en París de estos tres artistas fue breve, pero intensa. Tamayo, que entonces residía en París, era ya un referente del arte y una figura vinculada con las vanguardias europeas, antes había vivido 15 años en Nueva York. Olga lo habia promovido en la etapa de Nueva York, y a su llegada a Europa siguió haciéndolo en un escenario más amplio, en algunas de las mejores galerías de Europa, desarrolló también estrategias para integrarlo en importantes colecciones institucionales de diversas ciudades europeas. Los Tamayo habían llegado a París en 1949; su participación, junto con Orozco, Rivera y Siqueiros, en la XXV Bienal de Venecia, en 1950, constituyó un acontecimiento cultural que tuvo resonancia en el ambiente artístico europeo.
Tamayo se vinculó con Picasso e incluso pasó el verano de 1951 en una casa del sur de Francia con Picasso y su familia. Estableció también cierta amistad con Jean Dubuffet y coincidió con frecuencia con Miró y Tàpies. Su obra era apreciada por grandes sectores
de espectadores a través de sus muestras en galerías europeas. Expuso en París, Londres, Roma, Milán, Estocolmo y Oslo, además de hacerlo constantemente en Nueva York y en México. Se convirtió así en un importante referente cultural de México en la Europa de posguerra y en la guerra fría, durante la década de 1950 y parte de los 60.
Rodolfo Nieto también alcanzó una presencia destacada en Europa, aunque su vinculación se produjo de manera particular con los ámbitos literario, musical, teatral y cinematográfico, siempre desde su propio campo, la pintura, y bajo la guía de Tamayo.
Toledo llegó a París con dos cartas de Antonio Souza, quien lo presentaba y recomendaba ante Octavio Paz y Rufino Tamayo. Los Tamayo lo acogieron con afecto y procuraron acompañarlo dentro de un marco de autonomía, algo fundamental para un artista que entonces tenía apenas 20 años.
Toledo era una rara avis en París: poseía un enorme talento y una extraordinaria capacidad de asombro ante lo nuevo, a lo que sumaba su visión de Oaxaca y de México, y su gran capacidad para expresar esto de manera inédita. Estéticamente Francisco Toledo se vinculó, entre otras referencias, con el arte africano y de Oceanía, así como con la pintura de Paul Klee y Joan Miró, siempre desde una personalidad artística propia.
Considerando la amplitud de la muestra, ¿cuáles fueron los acervos y colecciones fundamentales para reconstruir este período histórico y cuáles fueron los criterios de selección?
Desde el inicio hubo un criterio inamovible: únicamente se integrarían obras, documentos y fotografías pertenecientes al periodo de París o a otros lugares de Europa, pero generados durante la estancia de los artistas en aquella ciudad.
La exposición está conformada por más de 100 obras, pertenecientes a 47 colecciones, la mayoría de ellas particulares. Entre los acervos institucionales se encuentran el Museo de Arte Moderno del INBAL, el CENIDIAP —organismo de investigación artística que cuenta con un extenso acervo documental histórico y que también forma parte del INBAL— y la colección del Museo de las Artes y las Culturas de Oaxaca. El resto procede de colecciones particulares cuyos propietarios tuvieron la generosidad de facilitar las obras.
El criterio de selección consistió en elegir aquellas obras que contienen elementos identificables de los cambios que cada artista experimentó durante su residencia en París y en las que puede percibirse, al mismo tiempo, la personalidad particular de cada uno.
¿Por qué era importante para la curaduría destacar el trabajo multidisciplinario y la colaboración entre artistas y talleres? ¿Qué significó ésto para el sistema del arte mexicano?
La interdisciplinariedad desarrollada por cada uno de los artistas fue una forma de integrarse al entorno cultural francés, de participar en distintos ámbitos y de ampliar sus posibilidades de presencia artística. Por ejemplo, Tamayo realizó un mural en el edificio de la UNESCO, ilustró libros, trabajó con distintos talleres de gráfica y, por supuesto, continuó con su producción pictórica.
Nieto produjo pintura al óleo, collages y dibujos, ilustró libros, realizó escenografías y construyó un corpus de obra gráfica de gran calidad y con una estética propia. Toledo, por su parte, desde mi punto de vista, revolucionó los talleres de impresión artística, los dinamizó y propuso nuevas maneras de entender y realizar la obra gráfica.
Talleres como el Atelier 17, dirigido por William Hayter, y el taller de Michel Casse, entre otros, fueron de gran relevancia tanto en el contexto europeo como en la conformación de la trayectoria de los artistas. La obra gráfica posee, además, una posibilidad de circulación
amplia: son originales múltiples de gran calidad, producidos en ediciones limitadas y controladas, relativamente fáciles de transportar y con un precio generalmente menor que el de una pintura.
Por ello, este trabajo interdisciplinario amplió las posibilidades de visibilidad de cada uno de ellos y permitió revelar un talento propio y diverso en diferentes disciplinas artísticas. El mayor impacto que estos tres artistas produjeron en el arte mexicano se manifestó, en buena medida, a su regreso a México: enriquecieron el entorno artístico y contribuyeron a superar la etapa del arte nacionalista que se había establecido como un canon estético en el arte mexicano.
Existe un equilibrio muy delicado en el mundo mexicano que plasman estos artistas, un equilibrio que también se mantiene durante la exposición. Con esto me refiero a aquello que tiene una identidad definida, distintiva y compleja, pero que no cae en un exotismo ni en un folclorismo innecesario cuando entra en relación con Europa. ¿Qué elementos consideras importantes para procurar este equilibrio?
Considero que, más que de un equilibrio, se trata de elementos inasibles, sutiles y dispersos que adquieren significado dentro del entramado estético. Cuando el espectador les presta atención y los interpreta, pueden revelar una forma de identidad común.
Son elementos que enriquecen un discurso artístico más amplio, pero que también funcionan como señas de identidad. Pueden encontrarse, por ejemplo, en la manera de sintetizar el cuerpo humano, en la creación de atmósferas, en la incorporación de series de puntos, esgrafiados o determinadas texturas y patrones decorativos que connotan elementos de la artesanía de Oaxaca —no la describen, sino que únicamente la referencian. También aparecen en el uso de imágenes surgidas de la tradición oral, de tradiciones y dichos asimilados de manera personal para, como decía Octavio Paz, transfigurarlos en un arte propio.
En conjunto, estos elementos se convierten en señas de identidad distintas dentro de la poética de cada uno de los tres artistas, pero constituyen al mismo tiempo algo que les es común. Es un elemento sutil, difícil de describir objetivamente, algo así como un “aire de familia” que se revela mediante la atención y el detenimiento con que el espectador observa y dialoga con la obra.
En conjunto, conforman una seña de identidad común que puede interpretarse como un sentido de pertenencia a un lugar, a un carácter o a una nación; es decir, como una pertenencia al lugar de origen que no resulta determinante, sino que los enriquece como un elemento más, diría yo, de carácter espiritual.
Si tuvieras que elegir una “pieza clave” de cada artista dentro de la muestra, ¿cuáles serían y qué representan para ti?
Es difícil elegir, pero en este momento diría que, dado que mi tema de estudio es Tamayo, elegiría sin dudar Músicas dormidas, de 1950. Es una obra clave en la historia del arte mexicano: un paradigma y una paradoja, punto final de un estilo y de una época, y punto de partida para la modernización del arte mexicano. Raquel Tibol consideraba este cuadro como el acta de defunción del arte nacionalista y el acta de nacimiento de la modernidad del arte mexicano.
Sin embargo, en esta muestra hay otras piezas sobresalientes que me ha emocionado tener enfrente: Mujeres en movimiento y Naturaleza viva, así como Fumador inexperto y Mujer de los trópicos, que considero un monumento cultural. En términos generales, considero que el conjunto de obras de Tamayo constituye una selección muy sólida y que los espectadores salen conmovidos por la experiencia de contemplarlas.
De Rodolfo Nieto elegiría Noche transfigurada, la obra de mayor formato de ese capítulo. Considero que sintetiza de manera particularmente significativa la experiencia de Rodolfo Nieto en París. Evoca poéticamente la tradición oral de origen popular de Oaxaca: esos seres volátiles y nocturnos surgidos de las narraciones tradicionales de la infancia del pintor.
Se trata de una hibridación de las imaginaciones del artista, con las que dio cuerpo a aquellas narraciones entrañables de las abuelas y las nanas, mezcladas con las imágenes fantásticas de las esculturas medievales francesas. La escena evoca la noche y el entorno de los festivales oaxaqueños, con su pirotecnia y una textura opulenta que remite a las texturas de los tejidos artesanales, tanto textiles como de cestería. Todo ocurre simultáneamente, como en una alucinación.
Francisco Toledo: Reflejos es una pintura de gran formato que presenta una escena de la vida cotidiana del pueblo, convertida en paradigma de una belleza nada convencional: vital y real, al mismo tiempo que poética.
Es una pintura concebida para ser tejida como un tapiz en los talleres franceses, pero que fue llevada a Oaxaca en el tornaviaje y entregada a los artesanos tejedores de Teotitlán del Valle para ser convertida en tapices de lana y seda, que resultaron de la misma calidad que los que se habrían tejido en Francia.
La muestra contiene obras poco vistas, algunas de las cuales constituyen referentes fundamentales de la trayectoria de cada uno de los artistas durante su estancia en París. A través de ellas puede deducirse cómo cada uno llevó su visión de Oaxaca a París y la transformó en una expresión de arte de vanguardia que contribuyó a situar a México en el mapa del arte contemporáneo internacional, desde un epicentro cultural de gran exigencia artística como París.
Por ello, resulta recomendable recorrer la muestra, descubrir esas relaciones sutiles, reconocer las diferencias entre los tres artistas y, sobre todo, disfrutarla en familia.
Durante este largo proceso de investigación, ¿realizaste algún hallazgo significativo — alguna anécdota, obra o documento— que por razones de espacio o discurso haya tenido que quedar fuera de la exposición?
El tiempo de preparación, en realidad, no fue largo. El proyecto nació y se interrumpió en más de dos ocasiones, por lo que el periodo efectivo dedicado a la investigación y a la gestión fue, en términos generales, el normal. Desde que se supo que estábamos trabajando en este proyecto hasta que comenzó su realización transcurrieron casi tres años. Sin embargo, durante ese tiempo no me dediqué exclusivamente a esta exposición: hubo otras muestras, entre ellas Tamayo Mujeres y Tamayo Horizontes, además de un libro sobre la colección del museo y, por supuesto, las tareas cotidianas de la institución.
Hubo varias obras que no conocíamos y otras que no se habían expuesto durante mucho tiempo. Cada una de ellas representó un descubrimiento y un enriquecimiento significativo para el proyecto.
Tuve, además, la confianza de que me permitieran acceder al archivo de Rodolfo Nieto, lo que abrió nuevas vetas de estudio a futuro sobre el artista, sus ideas y aspectos de su vida privada que tuvieron incidencia en su obra. Lo mismo ocurrió con el maestro Toledo.
Afortunadamente, quedaron fuera pocas obras de las que había considerado para la muestra. Los tres artistas representan universos inagotables que, aunque han sido ampliamente explorados, siempre reservan capítulos inéditos.
La reunión y estudio de la obra gráfica de dos de los tres autores requiere todavía una investigación que permita establecer cronologías, identificar talleres, catalogar, estudiar y difundir los valores de cada uno de ellos. Hasta ahora, solamente en el caso de Tamayo existe un estudio profundo de su obra gráfica, que requiere una actualización.
¿La estructura del proyecto fue clara desde el principio o sufrió muchos cambios? ¿Cuál fue la dificultad principal en este proceso?
La idea central estuvo clara desde muy temprano: reunir el trabajo de Tamayo, Nieto y Toledo. Como ocurre con toda idea que se lleva a cabo, el proyecto tuvo modificaciones, pero no de manera radical; más bien, se fue adecuando a las circunstancias reales del devenir de la institución.
Los coleccionistas fueron generosos y participativos en el proyecto mediante los préstamos de sus colecciones. El proyecto lo merecía y el museo irradia confianza por su proyección y trayectoria, tanto local como internacional. En esta muestra hay obras provenientes de Guatemala y de varias ciudades de los Estados Unidos.
Haciendo un ejercicio imaginario, ¿con qué figura (viva o no) te hubiera gustado colaborar en la curaduría?¿a quién quisieras aprovechar como guía?
Siempre evoco dos grandes presencias en mi vida profesional: las doctoras Raquel Tibol y Teresa del Conde, de quienes aprendí a tener visión, disciplina y a aplicar criterios curatoriales rigurosos. Son principios que continúo observando y ampliando, poniéndolos al día como un legado vivo.
Otra gran ausencia, aunque evocada constantemente como inspiración y modelo de compromiso, es la de doña Olga. Mantengo un profundo afecto y respeto por cada una de ellas.