Withdrawal
Una exposición de Tomás Díaz Cedeño en Peana
(CULTURE)

Una de las primeras aperturas de exhibición que visité durante la Semana del Arte 2026 fue la de Tomás Díaz Cedeño en la galería Peana: Withdrawal, que si bien nos puede remitir, por el contexto de la palabra, a la gran experiencia catártica que viene luego del uso de sustancias, también podemos pensar en la esencia de la consecuencia y a la exposición del cuerpo móvil ante la pausa. 

El amplio espacio expositivo se articula en tres elementos. Sobre una mesa larga, una línea de seis fuentes escultóricas que brotan agua de manera constante e interminable. Frente a ellas, una escultura instalativa, que representa tres booths de baño, con elementos que, aunque cotidianos, provocan cierta extrañeza en el contexto de la galería —un efecto muy propio de Tomás. Al fondo, una instalación de audio interactiva que emerge de un hueco en la pared y reproduce una música sorda y baja, como la de una fiesta a lo lejos; sin embargo, entre más te acercas, más disminuye el volumen, generando una sensación de desplazamiento, casi de gaslighting.

En conversación con Gaby Cepeda, curadora de la exhibición, resaltó que la manera en que Tomás presenta su trabajo en solo shows es potente y específica. Withdrawal continúa su interés por los sistemas de agua, en línea con una exposición anterior en Monterrey donde una pieza simulaba una fuente construida con crates de plástico que goteaban constantemente. En su obra, se refleja un universo interno, sus obsesiones recurrentes, como los sistemas de agua, lo cíclico y el concepto de la fuente.

Los símbolos de la instalación remiten a potencias que rigen la voluntad: deseo, control y sistema. Por un lado, las fuentes funcionan como abstracciones de la naturaleza; ya no vivimos en el campo ni cruzamos lagos, así que nuestras civilizaciones produjeron fuentes a través de viaductos, acuíferos y sistemas de conducción. Hemos creado infraestructuras basadas en la fantasía de control humano, y esa domesticación de lo natural implica también una domesticación de nosotros mismos.

En un sentido compartido, el acto de lanzar monedas a una fuente de los deseos, por ejemplo, nace de una actitud supersticiosa, pero también expresa una fantasía de control sobre la manifestación. De esa forma, la obra de Tomás cuestiona nuestra relación con los rituales y actos de nuestra cotidianidad, así como el sistema de valores ficcionales que sustentan los márgenes del deseo, como la pureza y la higiene.

Otro cuestionamiento central para el artista es la vigilancia: ¿es realmente un baño un espacio privado? Muchas personas se refugian ahí para esconderse o realizar actos ilegales. Sin embargo, la aparente intimidad se vuelve ambigua.

“Vivimos bajo las promesas de un futuro más agradable, más comunicable. Se piensa que mientras más controlemos y más eficaces seamos, todo va a estar mejor, pero estamos llegando a un punto donde eso es cada vez menos real y hay una especie de cockblocking del deseo. ‘Ah, estoy llegando, pero no’. Todo el tiempo hay contradicciones entre sentirte en libertad o en privacidad, o creer que estás en control, cuando en realidad nunca lo estás.” 

Sobre la instalación sonora, Gaby y Tomás recordaban que, como elder millennials, cuando iban a raves sin Google Maps, manejaban por la carretera y escuchaban de lejos el “tunz, tunz”; así sabían que la fiesta estaba cerca.

“Esta instalación es un poco eso; solo que, cuando te acercas, se apaga. […] En esta expo hay mucha frustración del deseo, de las promesas”.

Percibo dos tensiones principales: el refugio en el acto de ritualizar la vida sistemática y nuestra cotidianidad frente al deseo de que algo externo nos salve a través del símbolo de aquel objeto que existe más allá de nosotros mismos, un objeto al que depositar fe, un tótem que se constantemente sea resignificado.

La mitología personal de Tomás se traduce en la experiencia del espectador al encontrarse con la pieza. La decisión de exhibir tres elementos en el espacio es clara y trasciende los motivos discursivos. Para Gaby, es una muestra que debe experimentarse más allá del texto o la explicación: vale la pena escuchar el agua, la música lejana, habitar los booths y descubrir los detalles ocultos.

“Siento que la visita de una exhibición debe llevar un proceso muy minucioso. Hay algo muy interesante en la aparición de estas imágenes, en esa convergencia entre el mundo de la fiesta y otros espacios aparentemente opuestos. Por un lado la bocina a lo lejos y el baño abierto remiten a raves con booths improvisados y una atmósfera medio clandestina; frente a eso aparece la noción de la oficina, o del gimnasio. Hay algo ahí que funciona casi como un ying-yang: dos mundos que no son binarios del todo, pero que dialogan desde la tensión. El espacio cotidiano se vuelve extraño, se expande hacia lo raro, como si de pronto entraras a un Sanborns y descubrieras un glory hole. Hay una especie de glitch en la realidad, una fisura en lo esperado. Esa cualidad extraña se condensa muy bien en el espacio del baño.”

La muestra ofrece un espacio para desdoblarse en la medida en que el espectador la construye desde su propio lugar. No se trata de un encuentro cerrado; la exhibición se activa y se complejiza en la medida en que el espectador se involucra.

 

 

En ocasiones, nos enfrentamos a experiencias polares y radicales que irrumpen como un balde de agua fría sobre una tensión acumulada. Ese choque puede generar neutralidad o disociación como una respuesta opuesta a la resistencia previa. Explorar esas fricciones desde distintas perspectivas añade matiz a lo que, en un inicio, parece un impacto frontal.

El símbolo del agua atraviesa múltiples perspectivas y  mitologías. Gaby compartió con Tomás la lectura de H2O y las aguas del olvido, de Ivan Illich. El texto surge durante una charla en Texas, donde se plantea un proyecto para construir un lago artificial con el fin de mejorar la calidad de vida; aquello deriva en una reflexión histórica sobre el agua: su dimensión ritual, casi sagrada, su carácter esencial para la vida, y su transformación que, a partir de la Ilustración y la revolución científica, se convirtió en objeto de higiene, control e infraestructura.

Illich explica cómo es que el agua deja de entenderse como elemento ritual y pasa a convertirse en objeto de higiene, control y canalización. En ese tránsito, la higiene significa avance científico y, al mismo tiempo, en mecanismo de regulación social. Sin negar sus beneficios médicos, cabe preguntarse hasta qué punto prácticas como bañarse con determinada frecuencia, usar ciertos productos o perfumarse se convierten en normas que delimitan clase y pertenencia. Pensar el agua en su dimensión social, además de la natural y espiritual, permite abordar Withdrawal como un dispositivo cultural.

Agradezco a Gaby Cepeda por la conversación y la generosidad al compartir sus procesos y reflexiones en torno a la muestra. Withdrawal permanece abierta al público en Galería Peana hasta el 21 de marzo.

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