Redentora es la belleza cuando la tratamos como un sustantivo y no como un adjetivo; cuando extirpamos su dimensión calificativa y
permitimos que circule como algo inherente a la vida: algo ingrávido, presente en la atmósfera, en el aire, no exclusivo de ciertos entornos.
Históricamente, hemos concebido la belleza a partir de la presencia de otras cualidades, cualidades arraigadas en el panorama cultural
y sujetas a transformarse con él. Son cualidades que han mantenido a la belleza en cautiverio y la han alejado de la experiencia misma. Persistimos en condicionarla a otros elementos: elementos específicos, editables, simétricos, inmaculados, inertes… incompletos.
El arte de Catherine Mulligan es un universo complejo, uno que devuelve a las imágenes todo aquello que se les niega en el momento
en que se convierten en objetos de consumo. De esta manera, nos confronta con una experiencia estética que es todo menos pasiva, todo
menos impecable; más bien cruda y entera, donde la belleza existe y reacciona violentamente con el resto de los elementos.
¿Cómo percibes la belleza: como una serie de cualidades o como
momentos que despiertan la sensibilidad?
Diría que ambas, dependiendo de la situación. Sin embargo, me
inclino más por lo segundo. Creo que la belleza posee una cualidad
gestáltica: no puede reducirse a ninguna de sus cualidades por
separado, y a veces incluso una serie de rasgos “indeseables” puede dar lugar a algo bello.
En ese caso, ¿qué cualidades asocias tú con la belleza?
Pienso en la belleza como algo que porta un sentido de armonía.
No tiene una finalidad; no es instrumental, sino desinteresada. Está desvinculada de las asociaciones con la utilidad o la productividad, y permeada por una honestidad que impide que se convierta en objeto
de consumo. No soy religiosa, pero me aproximo a la belleza de manera espiritual. Cuando comencé a hacer pintura, estaba más concentrada en el realismo, y eso se sentía inherentemente espiritual porque implicaba discernir la estructura subyacente del mundo visual, revelar una lógica ajena a la moral y a las jerarquías sociales. Experimentar la belleza puede sentirse como si Dios te estuviera mirando. A menudo es impredecible. Espero que, a través de mi obra, pueda argumentar a favor de las cosas que considero bellas. Cuando pienso en encuentros con la belleza que se han filtrado en mi trabajo, ciertas cosas reaparecen: el clima brumoso y nublado, donde todo adquiere una claridad y una
nitidez extrañas; personas cuyos defectos no están enmascarados
por rituales o modificaciones cosméticas, sino que se vuelven más extraños y más definidos; cierta falta de autoconciencia; lo hecho a mano en contextos no artísticos; y, en general, una fuerza orgánica singular que no puede replicarse.
¿Qué cualidades consideras que limitan o mutilan la belleza como
experiencia?
El capitalismo y el ego. Creo que ambos crean jerarquías interesadas que dificultan percibir momentos de belleza real. En cada una de estas esferas, las nociones de valor —especialmente en relación con la figura femenina, como esa mujer generada por IA, sin poros e indistinta— se establecen como ideales no porque sean convincentes por mérito propio, sino porque funcionan como una especie de imagen negativa: la ausencia de defectos, más que la afirmación de
cualquier cualidad positiva.
Mientras investigaba para esta edición, me di cuenta de que la
búsqueda de la perfección —o de un tipo de belleza inmaculada—
muchas veces implica la mutilación de la complejidad. ¿Qué nos
recomendarías, como seres sensibles, para recuperar nuestra
predilección por lo complejo y reintegrar lo imperfecto en nuestra
percepción de lo bello?
Probablemente empezar por dejar de ver lo bello y lo feo como una
dicotomía estricta, y comenzar a percibirlos como algo más poroso.
También es importante mantenernos abiertos a nuestras
propias sensaciones y respuestas emocionales: quizá nos conmueve algo “vulgar” o de mal gusto, o quizá visitamos algún sitio turístico famoso por su belleza y nos aburre su esterilidad o nos irrita la multitud. Una vez que desprendemos esas sensaciones del significado que les ha sido asignado —en términos lacanianos, una vez que olvidamos el “orden simbólico”— se vuelve más fácil establecer conexiones nuevas y desarrollar una mayor apreciación por la complejidad del mundo. Por la forma en que consumimos información actualmente, y por nuestra creciente dependencia de los smartphones y los medios
digitales, resulta especialmente importante reconfigurar nuestras
sensaciones, incluso poniéndonos en situaciones desconocidas o
incómodas, suspendiendo el juicio. Creo que mi obra hace algo
parecido: estalla un poco hacia afuera, como si todas las sensaciones que los medios extraen de las imágenes aparecieran concentradas en
un solo instante.
¿Qué sentidos —incluidos aquellos culturales o extrasensoriales,
como la familiaridad, la repulsión o la curiosidad— crees que son más
fuertemente impactados por tu obra?
Busco activar, a través de mis pinturas, tanto sentidos no visuales —sonido, textura, tacto, incluso olor, perfume, cuerpo— como afectos culturales. Tengo pinturas silenciosas y pinturas ruidosas. Uno de mis maestros me dijo alguna vez que mi obra estaba siendo afectada visualmente por el tipo de música que escuchaba en ese momento: el noise, por ejemplo, y otros géneros bastante pesados.
La repulsión a veces funciona como punto de partida, en parte
porque creo que existe una línea muy fina entre atracción y repulsión, y aprender a moverse en esa línea es un desafío interesante. También pienso que en la obra hay una especie de nostalgia contaminada: mirar hacia el pasado sin romantizarlo, viendo cómo reaparece bajo una forma horrorosa o extraña, incluso a través de los sueños. Un pasado reciente que produce una especie de liminalidad emocional:
algo abyecto, algo patético… incómodo.
En tus propias palabras, ¿qué consideras que genera tanta tensión entre tu obra y el público?
Creo que la cualidad que me atrae de un tema suele ser la misma
que a otros les resulta desagradable. Intento hacer imágenes que se te quemen en la cabeza. Mi obra perturba la idea de que el arte debe funcionar como una decoración pasiva que se desvanece en el fondo, tanto literal como figuradamente.
Mis pinturas no buscan afirmar nada. Algunas personas
podrían incluso encontrarlas un poco crueles, ya que no estamos
acostumbrados a ver cierto tipo de representaciones ni a prestar
atención a ciertos espacios. Pero, como alguien que ha sentido un
grado de alienación respecto de la cultura dominante durante gran
parte de su vida, mi obra no podría ser otra cosa.
Creo que mucha gente piensa que el arte existe para embellecer la realidad o para ofrecer consuelo, paz y descanso. Esa no es mi intención, porque no refleja mi experiencia: la vida es profundamente dura, y aun así sigo encontrando belleza en su crudeza.
¿Por qué crees que tu obra suele desatar un juicio moral?
Creo que las personas no siempre están listas para escuchar la
verdad, y mucho menos para verla. Tal vez esa confrontación genera
una especie de proyección de nuestros constructos morales, que se depositan con facilidad sobre la artista o sobre la obra para evitar
enfrentarlos en nosotros mismos.
Me considero feminista y de inclinación política de izquierda,
pero muchas personas dentro de esa categoría parecen pensar que
solo hay una manera de representar a las mujeres. En realidad, me resulta genuinamente reconfortante —e incluso divertido— ver a otras mujeres siendo desordenadas. Lo veo como una manera de desechar la mirada masculina, incluso como una vía distinta hacia la libertad. Creo que la hostilidad hacia el arte confrontativo es una
señal de represión.
¿Por qué es importante que el arte provoque tensión en lugar de
placer o comodidad?
El arte es un espacio para la resistencia, la libertad y la experimentación. Al menos en la cultura contemporánea de Estados Unidos, la gente enfrenta precariedad económica durante buena parte de su vida, así
que un desahogo cultural catártico podría ayudar a cualquiera; podría
ofrecer una forma inesperada de alivio. El mundo se nos presenta como algo genuinamente caótico
y feo, y resulta extraño que tengamos tan poco arte capaz de reflejar ese caos con dignidad, sin separarlo de su belleza inherente.
¿La tensión disminuye la belleza o le devuelve su dignidad?
La tensión es parte de la vida. No creo que la belleza exista sin tensión. La belleza es tan amplia que no puede haber una sola respuesta, pero el tipo de belleza que me interesa definitivamente lleva tensión incrustada en su forma. Fracasar en el intento de encarnar cierto tipo de belleza me parece profundamente bello.