Durante siglos, la medicina occidental, desde los tratados hipocráticos hasta bien entrado el siglo XX, interpretó la fisiología femenina como una desviación del “modelo masculino”. La exclusión sistemática de mujeres en ensayos clínicos fue la norma en Estados Unidos hasta 1993, cuando la agencia de investigación National Institutes of Health exigió su inclusión formal. A pesar de ser un cambio monumental, el efecto ha sido gradual y aún se encuentran prácticas desinformadas en encuentros médicos recientes.
Ese vacío estructural sigue siendo relevante hoy, pues ha dejado fuera a diversas identidades femeninas que, a lo largo del desarrollo social, han buscado reconocimiento en espacios institucionales sin recibir retribución. Esta carencia dio pie a que el internet se convirtiera en un espacio de encuentro para expresiones públicas y empíricas. A diferencia de ámbitos que exigen comportamientos acordes a una norma restrictiva, en lo digital se abre la posibilidad de compartir entre cuerpos e identidades femeninas que no fueron escuchados en consultorios, pero sí en foros.
Morgane Billuart inicia su libro “Cycles, The Sacred, and the Doomed” como una investigación que surge de la experiencia compartida y la conversación digital. Morgane, al igual que muchas otras mujeres alrededor del mundo, se ha enfrentado a una industria médica, farmacéutica y de investigación ampliamente desinformada sobre la salud reproductiva femenina, en especial respecto a los síndromes menstruales y los fenómenos biológicos que ocurren en cuerpos menstruantes.
En ese encuentro digital se despliega una labor de empatía y de ejercicio del pensamiento crítico, que exige agencia a la figura femenina para responsabilizarse de su propio cuerpo, de sus patologías e incluso de sus diagnósticos clínicos. Esto nos invita a preguntarnos: ¿de qué manera las mujeres e identidades femeninas han tenido que resignificar sus heridas para sanarlas? ¿Cómo responder a los vacíos culturales cuando el vacío está inscrito en el propio cuerpo?
El concepto de interseccionalidad, acuñado por la jurista Kimberlé Crenshaw en 1989, explica que la feminidad no se limita a ser mujer: género, etnia, clase y cultura se superponen y generan experiencias distintas de exclusión o poder. En ese sentido, las estructuras sociales atraviesan la feminidad y se extienden hasta la esencia de la identidad femenina, ya sea en ámbitos clínicos, laborales, educativos o artísticos.
En la lucha por el reconocimiento de la diversidad y la potencia identitaria de cada expresión femenina, la resistencia no ha sido homogénea. No es lo mismo ser bailarina indígena en Estados Unidos en los años cuarenta, como Maria Tallchief, quien representó una fractura en el sistema eurocéntrico de la danza clásica, que compositora japonesa en el mundo del jazz estadounidense de los cincuenta, como Toshiko Akiyoshi, quien irrumpió en un espacio dominado por hombres y atravesado por el racismo. El sistema exige condiciones distintas; por tanto, la resistencia adopta formas diversas.
En nuestro contexto contemporáneo, los recursos disponibles permiten acceder con mayor precisión a las fracturas de los sistemas que nos rodean. Las conversaciones digitales sobre salud menstrual que Billuart documenta funcionan como un archivo colectivo. Los círculos de lectura, los espacios de arte independiente y las comunidades en línea que comparten información médica alternativa o denuncian negligencias son formas actuales de resistencia cotidiana.
El encuentro, aunque sea digital, también es práctica política, y su continuidad se sostiene al compartir datos, acompañar procesos creativos y amplificar voces.
Permanece la comunidad: la comunicación, el encuentro colectivo que busca nutrirse y sanar las heridas de un sistema encarnado en actos y comportamientos que creíamos definitivos. La comunidad continúa en formación y transformación; es laboratorio de potencias sociales y de empatía. Allí se ensayan nuevas narrativas del cuerpo, nuevas formas de autoridad, nuevas maneras de sanar.
El cuerpo que la historia clínica no supo leer se convierte en manifestación extradiegética frente a narrativas romantizadas del sufrimiento. La pregunta por los vacíos culturales encuentra una respuesta parcial en la creación de redes, de archivos alternativos y de obras que insisten en existir.