Traslado Permanente, una presentación en el Palacio de Bellas Artes
Entrevista con César Brodderman
(CULTURE)

¿Cómo se transforma una vivencia individual en una memoria colectiva capaz de sostener una coreografía compartida? Las fronteras no siempre son geográficas. También atraviesan el cuerpo, la memoria y la identidad. Con Traslado Permanente, César Brodermann convierte la experiencia del desplazamiento en un lenguaje coreográfico donde el movimiento se vuelve un espacio de resistencia, encuentro y transformación.

Tras su estreno en el MUAC en 2024, la pieza llega al Palacio de Bellas Artes de la mano de ATERNO, la compañía dirigida por Brodermann, para explorar la migración desde una experiencia sensorial construida junto a ocho bailarines. Nacida de laboratorios de improvisación y de las vivencias particulares de cada intérprete, la obra propone que la permanencia no reside en un territorio físico, sino en el cuerpo y en los vínculos que construimos con los otros.

Conversamos con César Brodermann sobre las fronteras visibles e invisibles, el cuerpo como archivo de la experiencia y la posibilidad de transformar historias individuales en una memoria compartida.

Cuéntanos, cómo te sientes? ¿Cómo ha sido para ti crear y montar la obra Traslado Permanente, en esta segunda ocasión, para el Palacio de Bellas Artes?

Estoy muy emocionado. Siempre son muchas emociones cuando nos presentamos en espacios tan especiales. 

También viene una presión y desafío muy grande. Esta obra realmente no la hicimos para el Palacio de Bellas Artes ni para un teatro. La presentamos en el MUAC, pensada para un espacio público y en formato 360. Ahora ha sido como reinventar la pieza por completo. A mí siempre me encantan los desafíos, aunque también vienen con complicaciones. Estamos buscando que el muro de la escenografía logre girar en el aire y encontrar otras formas para que la gente pueda tener una experiencia similar a la que vivió en el MUAC. Para mí, lo más importante es que la audiencia pueda entrar en esta experiencia que estamos creando.

Para mí, Traslado Permanente habla de cómo podemos romper fronteras o muros, tanto físicos como mentales. Muchas veces, la frontera más difícil de atravesar es la que está dentro de nuestro propio cuerpo.

Traslado Permanente comenzó hace dos años, justo cuando regresé a México después de haber vivido diez años fuera. Siento que esa migración me ayudó mucho a encontrarme dentro de un mundo en el que es tan complejo construir tu identidad, ser quien eres y habitar una disidencia. Me fui de México, casi como escape, a los 17 años para buscar esa luz, y fue ahí donde logré expandir mi identidad, siempre a través del movimiento y la danza.

Algo que he aprendido con esta pieza es que irme de México no era necesariamente la solución para encontrar un cuerpo más libre. Ahora, después de casi cuatro años de haber regresado, me pregunto cómo puedo seguir buscándome en libertad, cómo puedo seguir explorándome día con día. Porque también entiendo la libertad como una exploración constante.

Traslado Permanente es una exploración cotidiana. Nunca vamos a llegar a un lugar donde seamos completamente libres. Nunca vamos a llegar a un espacio donde ya no existan conflictos, dificultades o muros impuestos.

Ayer hablábamos mucho de eso con la compañía. El muro que estamos rompiendo en Traslado Permanente es un muro específico, pero mañana aparecerá otro. Por eso esta pieza no tiene un final. Es resistencia. Es intentar romper un muro, tomarnos de la mano, hacerlo en colectivo y volver a intentarlo al día siguiente. Para mí, eso significa Traslado Permanente. Es el intento de algo. Porque también me parece fantasioso pensar que algún día existirá un mundo sin fronteras ni límites. Conforme voy creciendo, me doy cuenta de que cuando era más joven pensaba: “Sí, la danza va a romper todos los muros y todas las fronteras”. Hoy ya no tengo esa visión tan soñadora —no quiero decir ingenua, porque sigue siendo valiosa—, sino una mirada distinta.

Estoy aprendiendo que quizá no se trata de derribar el sistema por completo, sino de encontrar mi lugar dentro de él. De poder estar bien con mi cuerpo, con mis decisiones y con las personas que me rodean. Tal vez esa también es una forma de derribar el sistema: no dejar que esos muros impuestos terminen por vencernos.

En Traslado Permanente planteas que el cuerpo es “el único territorio posible”. ¿Qué significa para ti habitar el cuerpo como territorio y qué cosas descubriste sobre esa idea durante la creación de la pieza?

Siento que es una idea que sigo descubriendo, o que intento descubrir, todos los días. Mi forma de resistencia, mi forma de habitar un territorio, es moverme. Eso es algo que he aprendido con el tiempo.

Muchas veces los sistemas buscan volvernos estáticos, detenernos. Para mí, la danza representa lo contrario. Creo que por eso hago lo que hago y por eso elegí este lenguaje. Incluso cuando trabajo en otras disciplinas artísticas, siempre termino regresando al cuerpo, porque para mí sigue siendo el elemento más importante.

Espero que la tecnología todavía no nos gane por completo. Todavía podemos estar presentes, y siento que es ahí donde encuentro este territorio, este espacio desde el que existo todos los días.

También intento compartir ese espacio con otras personas, expandir esta idea de volver al cuerpo. Siento que muchas veces nos vamos alejando de él y, mientras más nos desconectamos, más bloqueado está. Creo que eso también hace que nos cueste más trabajo ser una sociedad empática y sensible.

Por eso decido moverme todos los días. Hay días en los que yo mismo no quiero hacerlo o me siento completamente bloqueado. Pero tampoco se trata de imponernos nuevos sistemas o nuevas exigencias. Se trata de decir: “Hoy no puedo, pero ¿qué pasa si me muevo solo un minuto?”. Con eso basta. A partir de ahí veo qué sucede y así empiezo mi día.

Normalmente eso me ayuda a sentirme un poco más tranquilo dentro de este mundo tan caótico. Al final del día, allá afuera todo es demasiado. Por eso siempre necesito conectarme, o reconectarme, con mi cuerpo. Y también ayudar a otras personas a que puedan conectar con el suyo.

La obra surge de tu experiencia personal de migración para moverse hacia un lenguaje más sensorial y poético. ¿Qué aspectos de la experiencia migratoria consideras imposibles de expresar con palabras y que solo pueden emerger a través del movimiento?

La segunda parte de la obra gira en torno a una utopía: imaginamos cómo sería ese otro espacio. Pero también llegamos a una conclusión muy importante: no podemos representar realmente la experiencia de cruzar una frontera. Pienso en las personas que migran de un país a otro; es una vivencia demasiado dura, demasiado compleja. No creo que podamos explicarla con el cuerpo.

Por eso la pieza tiene esta idea de un esfuerzo que nunca termina. Estamos intentando ayudarnos unos a otros, pero no buscamos decir: “Esta obra habla de un migrante que cruza de un lado al otro de la frontera”. No es una representación literal de esa experiencia, porque entendemos que hay cosas que el cuerpo, por sí solo, no puede explicar.

Pienso, por ejemplo, en una obra que hice hace tiempo, How to climb a Mountain. Ahí me interesaba explorar cuánto tiempo toma escalar una montaña. Evidentemente no sabemos cuánto tarda realmente una persona en hacerlo, así que siempre terminamos llevando esas ideas hacia la abstracción, hacia la poesía del cuerpo. Es desde ahí que compartimos nuestras propias historias.

Algo muy bonito de este elenco es que la mayoría viene de otros estados de la República. Todos hemos vivido algún tipo de migración, ya sea pequeña o grande. Eso hace que, cuando nos miramos a los ojos mientras bailamos esta pieza, sepamos que detrás de cada persona existe una carga emocional y una historia migratoria.

Por eso elegimos sostenernos. Y digo elegimos porque es una decisión. Escogemos avanzar juntos. Siempre les digo que, si no estamos ahí para el otro, nadie puede cruzar al otro lado, sea lo que sea que ese “otro lado” signifique. No podemos romper este muro solos. Siempre necesitamos de alguien más; necesitamos conectar profundamente.

Creo que la pieza apunta mucho más hacia ese lugar. Ojalá pueda ofrecer, aunque sea por un instante, un pequeño destello de esperanza para las personas que hoy están atravesando cualquier experiencia de migración. Es una realidad que vemos todos los días y que sigue siendo profundamente dolorosa.

En un contexto donde la productividad y la velocidad parecen dominar nuestra relación con el cuerpo, ¿qué te interesa revelar sobre la vulnerabilidad física como forma de conocimiento? ¿Cómo se convierte el cuerpo vulnerable en una forma de sabiduría, más allá del conocimiento?

Esa es una de las cosas más difíciles de esta época. Desde que regresé a México me convertí en coreógrafo y director, gané un premio nacional y, de alguna manera, mi carrera empezó a despegar. Me siento muy afortunado y creo que nos ha ido muy bien, pero eso también viene acompañado de una presión constante: “¿Y ahora qué sigue? ¿Qué más vas a hacer? ¿Qué viene después?”.

Justamente por eso este año ha sido muy interesante para mí. Decidí no crear una obra completamente nueva, sino seguir explorando lo que ya hemos construido y lo que llevo haciendo desde hace muchos años. Siento que este sistema siempre nos exige producir algo nuevo, pero, en realidad, lo nuevo va a surgir de cualquier forma, porque cada día hacemos algo distinto.

Ahora me interesa mucho más volver sobre lo que ya existe y obsesionarme con eso. Esa decisión también me ha dado un poco de calma. Me libera de estar pensando todo el tiempo en la productividad o en la necesidad de generar algo nuevo.

Pero es un trabajo cotidiano. Necesito mantener mis prácticas de meditación, de escritura y de conciencia corporal. Cuando estoy en los ensayos siento que encuentro un estado de calma; salgo del ensayo y el caos vuelve otra vez. Entonces es un proceso constante de reconectar con el cuerpo, primero de manera individual, para después poder conectar con el cuerpo de los demás.

A veces, por querer hacer tantas cosas, uno termina olvidándose de sí mismo. A mí también me pasa. De pronto recuerdo que tengo que tomar mi clase de yoga, meditar, comer, hacer las cosas que necesito para cuidarme. Es fácil olvidarlo cuando estás tan enfocado en expandir un proyecto o en acompañar a otras personas.

Algo que he aprendido durante estos años, que han sido intensos por asumir este rol de coreógrafo y director, es que el autocuidado es fundamental. Tenemos que empezar por ahí para poder cuidar a los demás y cuidar también el espacio que construimos.

Para mí es muy importante el cuidado dentro de las piezas. Les pedimos a los bailarines, y a la mayoría de nuestros colaboradores, entrar en lugares muy intensos: hablar de temas complejos, emocionalmente pesados y muy exigentes físicamente. Por eso siempre intentamos crear un espacio donde puedan sentirse vulnerables de manera segura, donde realmente se sientan parte de la obra y no se reproduzcan esas violencias que históricamente han existido dentro de la danza.

Buscamos que haya mucho diálogo. Que puedan decir: “Esto no me funciona”, o “Esto sí”. Por eso las obras siempre están cambiando, y eso me gusta mucho. Ahora, por ejemplo, con la llegada de nuevos bailarines, no espero que reproduzcan exactamente lo que hacían quienes estuvieron antes. Me interesa descubrir cómo puede moverse cada uno desde su propia experiencia.

Ahí es donde aparece ese espacio de vulnerabilidad y de apertura. Y, de nuevo, todo esto es un intento. Seguimos intentándolo todos los días.

Traslado Permanente pasa ahora de la explanada del MUAC al escenario del Palacio de Bellas Artes. ¿Cómo cambia la relación entre la obra y el espectador al ingresar a un espacio cargado de historia, institucionalidad y simbolismo cultural?

Para mí, siempre ha sido muy importante pensar en la audiencia. Lo hablo mucho con mi dramaturga. A veces siento que, como artistas, dejamos a la audiencia en un segundo plano y pensamos: “Yo quiero hacer mi pieza”, y eso está bien. Pero para mí la audiencia es un elemento más de la obra, igual de importante que la iluminación o la escenografía.

Siempre me pregunto cómo voy a hacer que la audiencia se mueva, que se pare, que esté en movimiento con nosotros. Me interesa que no solo se siente y nos aplauda, sino que tenga que decidir hacia dónde mirar, que sienta protección, curiosidad, que voltee, que cambie de posición. Siempre intentamos provocar ese tipo de experiencia.

Obviamente, al llevar la obra al Palacio de Bellas Artes, que es un espacio mucho más frontal, mi primera reacción fue pensar que no podíamos renunciar a eso que hacemos en todas nuestras piezas. No queríamos que la experiencia consistiera únicamente en llegar, sentarse y ver un espectáculo.

Todavía estamos afinando algunos detalles, pero logramos hablar con mi asistente y con el equipo del Palacio para mantener algo que existe en todas mis obras: un pre-show. Queríamos expandir la experiencia más allá del escenario.

Por eso habrá bailarines y performers, junto con los faros de vigilancia que forman parte de la pieza, desde la explanada hasta el lobby. Para mí eso cambia por completo la llegada del público. La gente ya no entra únicamente a ver una función; entra a un espacio donde ya está siendo observada, donde ya hay cuerpos moviéndose a su alrededor y donde la curiosidad empieza antes de que se abra el telón.

Después, cuando lleguen a la sala, la función tendrá una estructura más formal, por decirlo de alguna manera. Pero incluso ahí seguimos buscando romper constantemente esa relación tradicional entre la audiencia y la obra.

 Claro. También está esta idea de desdibujar los códigos, ¿no? Porque, sobre todo en Bellas Artes, uno siente que tiene que comportarse de cierta manera, guardar cierta compostura. Me parece muy interesante que eso se vaya diluyendo.

Sí, completamente.

Siempre lo comentamos después de las funciones. La gente llega, se sienta y adopta automáticamente esa postura de: “Vengo a ver un espectáculo”. Pero al final de la obra pasa algo muy bonito. Ves cómo los cuerpos cambian, cómo la gente se relaja, cómo algo se mueve dentro de ellos.

Eso me interesa muchísimo, porque para mí esta obra —y, en realidad, todas las obras que hago— funcionan como un permiso para la audiencia. Un permiso para llorar, para sentir, para cuestionarse.

Muchas personas se me acercan al terminar y me dicen: “Lloré muchísimo y no entiendo por qué”. Y yo siempre les respondo que no importa. Que se permitan seguir cuestionándolo. Tal vez dentro de un mes encuentren una respuesta, o tal vez no. No tiene que existir una explicación inmediata.

Por eso también disfruto tanto trabajar desde el arte contemporáneo. No me interesa decirle al público: “Esta es la historia de un hombre, de otro hombre y de un amor”. Claro que hay conceptos y narrativas muy específicos, pero cada persona puede experimentar la pieza de una manera distinta, desde su propia historia y su propia experiencia.

Si la migración es, en el fondo, una transformación continua de la identidad, ¿qué aspectos de ti mismo sientes que han cambiado a lo largo de este proyecto y cuáles permanecen intactos pese a todos los desplazamientos?

Pienso que estamos en constante transformación. Ahora que estamos remontando la pieza ha sido muy interesante porque puedo observar quién era hace dos años y quién soy hoy.

Siento que entonces habitaba mi cuerpo desde otro lugar. Tenía mucha más intensidad, una necesidad constante de llevar las cosas al extremo. Ahora estoy un poco más tranquilo. Y eso también me ha enseñado que no todo tiene que ser difícil.

Recuerdo que, cuando creé esta pieza, para mí era muy importante que fuera casi un homenaje. Pensaba que tenía que ser la obra más exigente emocionalmente. Hoy la vivo desde otro lugar y entiendo que también podemos aprender desde la calma, desde la esperanza y desde otros estados que no necesariamente implican sufrimiento o esfuerzo extremo.

Creo que eso también cuestiona algo que nos enseña constantemente la sociedad: la idea de que, mientras más trabajes y más te exijas, mejores resultados obtendrás. Yo ahora estoy aprendiendo que también necesitamos silencio. Necesitamos momentos en los que no pase absolutamente nada.

Siento que todo eso también está entrando en la pieza, y me gusta mucho observar cómo va transformándose. A veces también es difícil, porque la obra nació desde un lugar de mucha intensidad física y emocional, y de pronto me descubro diciéndome: “No tiene que ser así”. Entonces sigo transformándola y dejándola cambiar conmigo.

También ha sido muy especial ver cómo ha crecido la compañía. La mayoría de las personas que comenzaron este proceso siguen aquí, y ha sido muy bonito verlas transformarse, cuestionarse cosas nuevas y descubrir otras inquietudes.

Ayer, por ejemplo, tuvimos un ensayo por Zoom porque no pudimos reunirnos presencialmente. Aimee, una de las bailarinas que está desde el inicio del proyecto, hizo una pregunta que me encantó: “Somos personas diferentes ahora. Entonces, ¿qué nos interesa hoy? ¿Qué muros queremos romper hoy?”. Y es cierto. Son preguntas distintas a las que nos hacíamos hace dos años.

Creo que eso es lo más valioso: todos estamos cambiando constantemente y la pieza también da permiso para esa transformación.

Eso mismo les digo siempre a los bailarines. Cada vez que hacemos una corrida, un ensayo o una función, donde sea, les pido que encuentren algo distinto para ese día. Que no intenten repetir exactamente lo que hicieron la vez anterior, sino que descubran qué necesitan explorar en ese momento. Porque ellos también están cambiando, y la obra tiene que cambiar con ellos.

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