2026: El lenguaje de la moda
Una mirada en las tendencias del año
(FASHION)

Algo es claro: cuando el presente se vuelve demasiado inestable, la moda empieza a mirar hacia atrás. Estamos en 2026 y 2016 vuelve a estar en tendencia, no porque haya sido mejor —como a muchos les gusta decir—, sino porque necesitamos recordarlo como si lo hubiera sido. La nostalgia no es memoria, es un mecanismo de defensa.

Quizá ya estemos cansados de escucharlo, pero nada ocurre en el vacío. Ni siquiera algo que colectivamente se percibe como tan banal como la moda. En realidad, la moda siempre responde a algo: a un clima político, a un cambio tecnológico, a una crisis emocional colectiva. Es un sistema de reacción constante.

Que el 2016 esté de vuelta no tiene tanto que ver con una estética específica —más allá de que rime convenientemente con 2026—, sino con nuestra necesidad permanente de romantizar el pasado, los buenos viejos tiempos. No estoy segura de que la vida no haya tenido siempre un tinte distópico, pero con el avance acelerado de la inteligencia artificial, esa sensación hoy es mucho más tangible.

Miramos hacia atrás porque el presente abruma. Como cuando extrañamos a un ex: el recuerdo suaviza lo que, en tiempo real, fue mucho más complejo. Desde ahí, veo tres grandes direcciones hacia las que la moda parece gravitar hoy, tres ejes marcados por los extremos.

I. La feminidad ya no pide permiso

Miley Cyrus, 2026

El primer eje es imposible de ignorar. Está en todas partes. Hay más personas solteras que nunca. Las mujeres están más educadas y son más libres que en cualquier otro momento, mientras que muchos hombres parecen incapaces de adaptarse a ese cambio. Se habla abiertamente de una epidemia de soledad masculina y, en paralelo, crece el movimiento 4B iniciado en Corea del Sur.

Si volvemos a esa supuesta “edad dorada” de 2016–2017, los datos cuentan otra historia. The Economist estimaba entonces una cifra significativamente menor de personas solteras: hoy hay más de 100 millones de personas sin pareja que hace apenas una década.

No estamos recordando una época más plena, sino una versión suavizada de ella. La romantizamos porque el presente se siente más incierto, no porque la realidad haya sido objetivamente mejor.

¿Y qué tiene que ver esto con la moda? Todo.

Durante décadas, a las mujeres se nos enseñó —explícita o implícitamente— a vestir para los hombres. Existía una idea muy clara de lo que una mujer “respetable” debía o no debía mostrar. En el ámbito laboral, muchas optaron por vestirse como sus pares masculinos para exigir legitimidad. Camuflamos nuestra feminidad bajo códigos ajenos porque cualquier centímetro de piel podía invalidarnos, hacernos parecer poco serias o incapaces.

Con una liberación femenina cada vez más consolidada, ese ciclo empieza a romperse. La descentralización del deseo masculino no es nueva, pero hoy es más evidente que nunca. Las mujeres no existen para el placer de los hombres, y eso se traduce en una nueva forma de power dressing. Una feminidad poderosa que ya no necesita disfrazarse de masculinidad.

Sastrería hecha a la medida. Siluetas precisas. Escotes sin culpa. Cuerpos visibles sin pedir permiso. La sensualidad entendida como poder, no como concesión. Formalidad al frente, libertad atrás. Literalmente.

Uno de los ejemplos más debatidos fue Kim Kardashian en All’s Fair. Una abogada poderosa que se permite sensualidad a través de un traje sastre de Jean Paul Gaultier SS 1997, con una insinuación de butt cleavage. El gesto fue leído como vulgar o fantasioso para una supuesta abogada exitosa, algo comprensible dentro de una estética legal profundamente masculina. A eso se suma el edadismo: una mujer de 45 años mostrando sensualidad sigue siendo, para muchos, imperdonable.

Kim Kardashian via Instagram, 2025

Sin embargo, los códigos están cambiando. Basta observar apariciones recientes como las de Zoë Kravitz en Saint Laurent o Teyana Taylor en Schiaparelli para entender que este giro no es aislado. O pensemos en un ejemplo menos extremo: lo que llevó Miley Cyrus al Palm Springs International Film Festival. Un traje de Tom Ford por Haider Ackermann, cabello suelto, maquillaje natural, escote profundo. No vestida como hombre sino como una mujer poderosa.

Hacia ese lugar nos dirigimos.

Teyana Taylor por Matt Winkelmeyer, GA, 2026

II. Lo humano como nuevo lujo

El segundo eje es la batalla —ya declarada— entre lo digital y lo hecho por manos humanas.

Lara Violetta via Instagram, 2025

La inteligencia artificial no va a desaparecer. Al contrario, será cada vez más sofisticada. Quizá por eso, una parte de la humanidad está optando por ir justo en la dirección opuesta: lo analógico.

Apple lo entendió con claridad en su más reciente video de introducción. Apenas cinco segundos, realizados de forma completamente práctica, sin CGI. Algo que probablemente no habríamos notado si no se hubiera mostrado el proceso detrás. Y justo ahí está el punto: elegir el camino más difícil, en plena era de la IA, vuelve el resultado más valioso y admirable.

Lo mismo ocurre en la fotografía y la moda. La estética artesanal, fantástica pero tangible, está en auge. El trabajo de Szilveszter Makó es un ejemplo claro: campañas para Zara, Maison Margiela, Hodakova, AMI. Portadas para The Cut, W Magazine, Harper’s Bazaar y Who What Wear. Imágenes celebradas por ofrecer un respiro. El retorno de algo humano.

Esto se filtra en la moda como una necesidad de menos, no de más. De DIY. De piezas que importan. El nuevo lujo empieza a ser estar offline.

Los clósets se convierten en archivos. La ropa, en objetos con historia. Volvemos —aunque sea simbólicamente— a una época que muchos no vivimos: cuando las prendas se hacían a la medida, cuando alguien cosía para ti, cuando la ropa no era desechable.

Maquillaje imperfecto. Peinados sin pulir. Bordados delicados, casi imperceptibles, como los que Mathieu Blazy empieza a implementar en Chanel. Todo aquello que delata la mano humana. 

Chanel, 2026

III. El cansancio del lujo tradicional

El tercer eje es la posible —e inminente— caída del lujo tal como lo conocemos.

Cada vez más personas buscan objetos de calidad que no sean fácilmente identificables. Y surge la pregunta inevitable: ¿no era el logo parte central del deseo?

Durante años hubo excepciones —Carolyn Bessette-Kennedy es el ejemplo más citado—, pero hoy esa postura se generaliza. Se valoran las marcas emergentes, y lo local.  Se habla del auge y el futuro de la moda en Latinoamérica. No es casualidad que la colaboración de H&M con la diseñadora mexicana Lorena Saravia se agotara casi de inmediato.

Lorena Saravia x HM, 2025

El lujo, al subir precios de forma desmedida para proteger una exclusividad cada vez más artificial, terminó alienando a una parte importante de su público. Que puedas pagarlo no significa que debas hacerlo.

Por eso el deseo se está desplazando hacia el lujo vintage. Mejor calidad. Más historia y precios mucho más razonables. Comprar deja de ser un acto impulsivo y se convierte en una búsqueda. No se trata solo de poseer algo, sino de poder decir: esto es Galliano para Dior. De tal año. De tal colección y me tardé 2 meses para encontrarlo en mi talla. 

De ahí la obsesión actual con los archivos, con el Hollywood dorado, con un pasado que parece más auténtico. No porque no exista nada nuevo, sino porque lo nuevo, muchas veces, no impacta igual.

Comprar local retoma un nuevo significado. El lujo se vira hacia lo vintage y, si bien esta tendencia ya venía tomando fuerza, todo indica que en 2026 se intensificará.

Vestirse para entender el colapso

Al final, todo vuelve a los extremos.

La liberación femenina frente a la hipermasculinidad.

El looksmaxxing.

Lo digital contra lo hecho a mano.

El lujo frente a lo emergente.

Los neutros frente al color.

El azul cobalto —color clave de 2026— y el regreso del color blocking. Como regresan los dosmiles: el desorden, la ilusión previa al colapso.

Cada año repetimos lo mismo: que antes todo era mejor.

Tal vez no lo era.

Tal vez solo estamos intentando vestirnos para entender el mundo que se nos cae encima.

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