Mariane Ibrahim, desde 2012, ha procurado crear y fomentar espacios dedicados al arte contemporáneo africano y de regiones subrepresentadas en el mercado internacional. Este proceso empezó con MIA (missing in art) en Seattle y desencadenó la consolidación de la Galería Marianne Ibrahin, que actualmente tiene sede en Chicago, París y México desde 2023.
El compromiso de este proyecto y de la mujer que le cede su nombre está en el origen y la diáspora. Es común, desde mediados del siglo pasado, oír hablar del arte contemporáneo como un organismo holístico y entramado, donde hay espacio para la representación global; esto se ha quedado, por demasiado tiempo y en demasiadas ocasiones, dentro de un plano discursivo sin efectos en la realidad.
Mariane Ibrahim emplea un principio, que entre tantos, es común entre las comunidades que busca representar; el tejido social. En términos globales, mercantiles, siempre son necesarias las excusas. Aprovechar la galería como excusa para crear un tejido social, al mismo tiempo que se aprovecha como un organismo legitimador por y para este arte.
México resulta interesante para esta iniciativa porque es un territorio confluente en todos sentidos, las identidades son confluentes, las historias también, la cultura tiene una suerte de complicada urdimbre. En este lugar el problema de la representación es peculiar, pues nada puede existir aquí y permanecer impoluto, existe una asimilación que es inmediata y es indeleble. Aquí, la subrepresentación se da de manera distinta, pues cuando algo se oscurece es porque todo lo demás se le representa encima, queda como sedimento entre infinitas capas de significado. México tiene una enorme historia afrodescendiente, pero es una que no puede contarse sin interpelar a otras, sin desentrañar la urdimbre.
Nuestras historias no existen separadas, tampoco paralelas, mucho menos homologadas, sino que entramadas. Y nuestra trama es extensiva, y en este caso su extensión alcanza Sudamérica con José Gamarra (Tacuarembó, Uruguay).
José Gamarra se forma como artista dentro de la promesa de la abstracción, como veladura y como liberación, como estandarte de la modernidad después de la Segunda Guerra. Consecuentemente, su práctica está inserta dentro del panorama de la Bienal de São Paulo, que adviene un arte contemporáneo global que comprende y es comprendido en todas latitudes.
A mediados de la década de los 60, José Gamarra comienza a trabajar en Francia, donde su obra empieza a mutar para acomodar el pathos de la diáspora sudamericana. A partir de los setenta, Gamarra voltea a la figuración y a las capas simbólicas para hablar de una América del Sur hundida en dictaduras, cuyas profundidades se hacen más oscuras por la injerencia de potencias globales y empresas multinacionales.
Cuando Gamarra representa la selva amazónica, nada tiene que ver con el paisajismo, no existe un referente natural directo, sino que reconstruye este escenario desde la memoria y la emocionalidad. Se trata de una memoria que no es sólo suya ni de una nación en específico, es la memoria de un proceso histórico que aún no cesa, una memoria que interpela a todos aquellos que nunca han podido enunciarla.
Ibrahim y Gamarra forman parte de un mismo ámbito, de un mismo tejido; un tejido que es tan denso que no cede, un tejido que entre más se tensa más se expande. En un momento donde nos hemos percatado que el proyecto de la modernidad resultó una ceremonia funeraria, la importancia de espacios confluentes se vuelve urgente, así como se vuelve urgente operar en territorios fabricados de esa misma tela, no en aquellos acostumbrados a maquilarla a su gusto.