Desfigurarse y reimaginar la corporalidad desde un lugar fragmentado se vuelve una urgencia en la estética contemporánea, a la vez compuesta y devastada por estímulos discontinuos. La obra de Berenice Olmedo surge como una inquietud ante la temporalidad del cuerpo, atravesada por la enfermedad, el desgaste y el deterioro. Órtesis desechadas, siliconas y software médico son recontextualizados en una poética de la discapacidad que expone la tensión entre cuerpo y límite como una condición constitutiva de lo humano.
Sus esculturas no buscan normalizar ni corregir la diferencia, sino pensar y habitar el cuerpo desde sus fallas y adaptaciones, entendiendo la discapacidad como una condición colectiva y política, no como un padecimiento individual.
El tema de esta edición, IMPERFECTION: BEAUTY OF LIFE!, se alinea con una estética que cuestiona la idea de belleza como aquello que solo existe a partir de cualidades culturalmente valoradas como deseables y completas: cualidades rígidas, estáticas, que privilegian imágenes y símbolos mientras simplifican la complejidad de la experiencia. Nuestra intención es devolverle a la belleza una dimensión de caos y de honestidad que la aleje de su consumo inmediato, restituyéndole densidad a través de la tensión y el trance.
Esta línea nos invita a atender la experiencia estética, sensible y emocional que provocan los estímulos del mundo a través del cuerpo, así como las formas en que el cuerpo se reconfigura a partir de ellos: la manera en que se transforman nuestra mecánica, nuestros modos y nuestros accidentes frente a aquello que puede sentirse, a la vez, violento y excitante.
Hay algo profundamente atractivo en encontrar nuevas formas de nombrarnos, relacionarnos y confrontarnos con nosotrxs mismxs: desfigurarnos y reimaginar la corporalidad desde un lugar fragmentado, “glitcheado”, atravesado por el movimiento y por una suerte de monumentalidad paralítica del pixel. ¿Cómo consideras que tu obra y tu concepción del arte se relacionan con la estética que estamos explorando?
Como una reacción frente al hombre como categoría normativa, y en oposición a una narrativa dominante donde el capacitismo corporal y cognitivo (able-bodiedness / able-mindedness) no solo nombran una condición física o mental, sino que privilegian ciertos cuerpos y excluyen otros que difieren de la norma, clasificándolos como “defectuosos”, “desviados” o “enfermos”, surgen esculturas como Amalia, Valentina, Eugenia o Elena, compuestas por distintos aparatos ortopédicos.
¿Qué reacciones han sido recurrentes frente a tu obra?
Han sido muy variadas. Cuando mis esculturas estuvieron expuestas durante varios años en el búnker de la Boros Collection, recibía mensajes de personas que habían tenido familiares con discapacidad, diciéndome que se sentían conmovidas por el trabajo. Otras me comentaban que nunca imaginaron que una órtesis pudiera ser arte; y también hubo quien cuestionó cómo yo, siendo una persona sin discapacidad, podía hablar sobre el tema. A esto respondí que la discapacidad es política, y que como mujer he sido históricamente discapacitada: la discapacidad también puede estar determinada por la raza, el género, la clase o la sexualidad.
En tus propias palabras, ¿qué constructos o cualidades crees que limitan la experiencia estética?
Es necesario recordar cómo las mujeres han luchado por transgredir los estereotipos sociales, reivindicando su posición frente a la opresión de género vinculada al trabajo doméstico y reproductivo, colocando a la mujer en el centro de discusiones no solo estéticas, sino también políticas y culturales, así como en la defensa de su representación y sus derechos civiles. La experiencia estética está inscrita en la cultura.
Ciertas imágenes y pautas estéticas —especialmente aquellas que predominan en los medios masivos por su rapidez de consumo, su baja complejidad y su apariencia clínica— han contribuido a atrofiar nuestro músculo perceptivo. ¿Qué podrías recomendarnos para contrarrestar este panorama?
Es el modelo médico de la discapacidad el que ha clasificado a los cuerpos y mentes atípicas como desviados, patológicos o
defectuosos, enfocándose en el tratamiento como una supuesta “cura”, en lugar de atender las prácticas culturales, el entorno arquitectónico y las políticas sociales que limitan la vida de las personas con discapacidad.
Existen múltiples formas de discapacidad social en las que convergen raza, género, clase y sexualidad, configurando sistemas de jerarquía, desigualdad, opresión y exclusión. Los movimientos por la justicia social buscan reivindicar estas categorías desde la diferencia.
Si la vida es variación, entonces es necesario pensar en cuerpos diversos: cuerpos alterados, frágiles, susceptibles de transformación constante. Es fundamental cuestionar los convencionalismos que definen lo “normal” y lo “desviado”, y abogar por la no estigmatización de las variaciones corporales, entendiendo que no existe un límite fijo, sino un espectro amplio de condiciones, deficiencias y deterioros.
Corporalmente, ¿dónde dirías que impacta primero la belleza? ¿Qué sensación nos indica que estamos frente a algo bello y dónde la sentimos?
Pensamos con el estómago, percibimos con los intestinos, reaccionamos con las vísceras.
Me gusta pensar el cuerpo humano como un ente en estado de collage: una entidad compuesta por partes separadas y separables, visualmente distinguibles, que conviven dentro de un mismo sistema. ¿Cómo percibes la integración o desintegración del cuerpo humano frente a la digitalidad? ¿Crees que esto nos fragmenta o nos conecta?
Las prótesis implican una forma de desintegración corporal: deshacen la lógica de la totalidad. Los cuerpos fragmentados son reensamblados mediante implantes protésicos o trasplantes. La vida se desarrolla entre la obsolescencia del cuerpo biológico y un excedente maquínico,
prostético, artificial. Sin embargo, la máquina no es exterior a la corporalidad: cuando se hibrida con el organismo, el cuerpo deja de poder pensarse dentro de las categorías tradicionales de lo humano. Es ahí donde la figura del cyborg —como híbrido que difumina los bordes— permite desestabilizar dicotomías como organismo/máquina o humano/tecnológico.
Lo humano es un proceso abierto de autoconstrucción en el que la técnica es constitutiva de la existencia. La tecnología no es un instrumento pasivo ni un simple conjunto de máquinas: es un proceso de producción a través del cual lo humano se configura, se redefine y se desplaza. La humanidad, la naturaleza y la cultura se construyen a partir de relaciones prostéticas, lo que nos obliga a pensar la tecnología desde lo social y en su vínculo con la alteridad.
Si lo humano es enteramente prostético es porque nace sin los medios para sobrevivir y debe inventarse a sí mismo: convierte en condición aquello mismo que produce. Las prótesis —incluidos los órganos artificiales— no son añadidos externos, sino manifestaciones materiales de nuestra capacidad de transformación. Somos seres híbridos, corporeidades maquínicas, sin que ello implique anomalía alguna.