Desire Diaries
Fernanda Ballesteros, Regina Margarita, Sophia Giovannitti
(ISSUE)

Detrás de cada pluma hay un aliento que desea ser manifestado, un recuerdo que anhela memoria, un sueño por ser escrito. El acto de escribir es un ritual que trasciende el producto literario, un camino constante de entrega y pasión por la palabra, un reflejo de la identidad y de los procesos internos; un encuentro simbiótico con los amuletos que guardan la historia de aquello que nos conmueve y detona.

En la intimidad de un ritual literario, los objetos que nos rodean se vuelven monumentos de inspiración. Ocupar el símbolo correcto, así como la pluma y tinta indicadas, es un acto que refleja la intención y el carácter de la historia a ser plasmada: el texto se transforma en un espejo y los trazos de la hoja se revelan como cicatrices de nuestra memoria.

Hemos tejido la voz de tres autoras, Fernanda Ballesteros, Regina Margarita y Sophia Giovannitti, quienes comparten un fragmento de su diario sobre el deseo. Para ellas, la escritura se vuelve un vehículo de autodescubrimiento y el deseo, un punto de partida para explorar sus múltiples potencias: el impulso de conectar, la urgencia de desistir, lo oculto, la expectativa como vínculo, y todo lo que aún no tiene nombre y se mantiene como posibilidad.

Las siete puertas

Fernanda Ballesteros

El deseo succiona desde lo que no es nuestro, y para Inanna, reina sumeria del cielo, el apetito y la búsqueda de completud la jalan a visitar a su hermana Ereshkigal al inframundo. Las siete puertas del descenso la van despojando de lo que trae: corona, collar, otro collar, un adorno pectoral, un aro de oro, su vara de lapislázuli, su túnica real.

Siete puertas, siete límites que el deseo atraviesa hasta dejar a Inanna desnuda y agachada ante su hermana. El ojo de la muerte reduce entonces a Inanna, diosa del amor y de la guerra, a un pedazo de carne podrida colgada de un gancho en la pared.

El deseo se desliza de puerta en puerta, de objeto en objeto, de una meta a otra. Patinamos entre espejismos de satisfacción que resucitan con otra cara. Como Jesucristo, o Jesucristo como Inanna, la diosa resucita al tercer día. Enki, el dios de la sabiduría, para socorrerla, se sacó mugre de las uñas y convirtió la mugre en dos entes sin género que lloriqueaban. Ereshkigal sintió empatía con los chillidos y les preguntó qué querían. Agua de vida para Inanna. Pero nadie sale del inframundo sin un reemplazo. Inanna eligió a Dumuzu, su esposo, al subir al cielo y encontrarlo seco de lágrimas y muy cómodo en el trono sin ella.

Inanna recupera el cielo y el marido baja al inframundo. En su ausencia de tres días, el frío había aniquilado las cosechas en el primer invierno de la Tierra. El mito se repite con los ciclos, otoño e invierno. Inanna, primavera y verano, es un pedazo de carne. La diosa de la fertilidad regresa a las nubes como Perséfone, o Perséfone como Inanna.

El poema más antiguo de la humanidad es un homenaje a Inanna. Lo escribió la suma sacerdotisa, princesa, matemática, astróloga y poeta, Enheduanna, 2,300 años antes de Cristo. Inanna– viene plasmado en tablillas de arcilla– reinaba sobre lo verdadero y lo falso, sobre la violencia y las sonrisas, sobre el resplandor y el caos.

El cuerpo es inmenso y hay otro tipo de deseo que emerge desde un mar sin idioma. Las palabras, creadas por deseos ajenos, encapsulan rápidamente los apetitos dentro del túnel, el túnel dentro un inframundo del lenguaje. Si hay inframundo, hay cielo, y arriba las palabras son seres de luz que distinguen y diseccionan el origen de los espejismos, los motivos del descenso a las siete puertas que repetimos como Inanna, o Inanna como nosotros, en decisiones conscientes e inconscientes.

Bolsa MONTBLANC Envelope Clutch Grain, pluma fuente MONTBLANC Meisterstück, libretas MONTBLANC y tinteros MONTBLANC. Look total PRADA
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Un vehículo, el deseo
Regina Margarita

Quiero un cigarro y echarme a dormir. No son horas ni hábitos que deba seguir. Siempre el deseo de la mano del prohibir. ¿Por qué no fumar un cigarro y echarme a dormir? ¿Qué acaso no soy yo la dueña de mi tiempo? Si no, ¿quién decide cómo me siento? ¿Qué me gusta, qué me asusta? ¿De dónde vienen todos estos pensamientos?

El deseo es amigo del movimiento, enemigo de la culpa, del estancamiento. Bárbara. La culpa, desde mi bautizo, duerme conmigo en la cuna; con su silencio helado me arrulla. Me quiere inmóvil, necia, rígida, tiesa, enferma. Lo prohibido no es prohibido en mi mundo sin reglas. Los deseos pueden ser muchos, si así se desea, pero dejar el agua salir implica mojarse y, a veces, huir, atenta a las debidas consecuencias. Es, en el tarot, la rueda. Me prendí un cigarro porque yo mando. El futuro. El miedo. El saber qué va a pasar sin saberlo. ¿A quién no lo mueve el deseo? ¿La expansión? ¿La curiosidad? ¿El conocimiento? Aquel que no se cuestiona ni el color de su piel no se mueve con el viento; lo mueve el tiempo. Y si soy dueña de este ser que habito, ¿por qué no cumplir cada uno de mis delitos?

He deseado la muerte como he deseado la vida. He deseado tantas cosas, tantos días. Es el deseo quien se ha encargado de moverme, de lado a lado, de arriba abajo. ¿Por qué nunca es suficiente con abrir los ojos a diario

Maravillar la cotidianidad de la rutina, el sol, las nubes, la lluvia, un abrazo apretado. Pero ese mismo deseo ha sido también culpable de mi muerte. Sin darme cuenta, en silencio y de puntitas, ya no sé quién está escribiendo esto, porque para mañana ya habré muerto una vez más; ya no seré otro día la misma. Irreconocible. Llena de deseos, todos intencionados. Porque, ¿de qué me sirve tener voz y no buscar el cambio? De nada sirve ser vista si no tengo un mensaje claro. Dueña de mi tiempo, capitana de mis pensamientos, creo mi realidad y no les miento. Mis deseos pasan a decretos y termino levantando un edificio de concreto, pero aquel vacío que deja un anhelo cumplido solo se llena con uno nuevo. Es el cuento de nunca acabar, pero por lo menos hay un cuento que contar.

Arma de doble filo. ¿Acaso no es el deseo posesión? ¿Agresión? ¿Qué tan salvaje soy a la hora de tomar acción, de ser quien realmente soy? Puedo desear a una persona sin querer poseerla; puedo querer a una persona y someterla a mi poder. El deseo, la ambición, mi pecado más grande. La búsqueda insaciable de lo inalcanzable, hasta tenerlo en mis brazos, materializado. Los miedosos, los inocentes, los que ignoran sus propios dones, acusan de culpable al loco inestable, como si no fuera eso a lo que hemos venido. Dejarse mover y bailar un tango con el tiempo, permitir que se manche mi vestido y se enrede mi pelo. Mis deseos, que me llaman a través de las ventanas, atraviesan como un primer beso las puertas de mi alma. No piden permiso, despiadados, sin cuidado. Aquel que da saltos de fe, sin dudar de su instinto, se levanta como de una siesta que tomas muy cansada, con un susto de no saber en dónde estás parada, para darte cuenta de que estás en donde tanto soñabas. Rodeada de estrellas que te codean y que antes, a kilómetros, admirabas. Viviendo la vida que de niña querías. Ser artista. Ser tú misma. Todo para ser castigada, con el dedo acusada de insensible, vacía, de avaricia. Mientras quien juzga muere de pavor desde el otro lado de la habitación, debajo de las sábanas, sin dar la cara, en el calor de la comodidad, sin un solo ruido más que el de su cabeza. La misma habitación donde también me he refugiado yo.

Y de pronto ya no quiero nada. Parpadeo y estoy otra vez en mi cama. Cuatro treinta de la mañana. Todo lo que podría hacer si fuera más disciplinada, todo lo que cumpliría, lo lejos que llegaría. Mis velas de pasteles felices porque cumplo lo que algún día quise. Nada es imposible. ¿Y por qué no pedir la luna? ¿Por qué no pedir un jardín con flores, el tiempo del mundo para tomar el café, ser yo sin importar quién soy, una carrera exitosa, una familia preciosa? Todos esos deseos aparecen como visiones en cuanto toco la almohada y no se van; se turnan para pasar, a ver hoy cuál me toca soñar, y no se van hasta que estén en este plano terrenal.

Me acuerdo de mi infancia. Traer puesto un vestido de fiesta. No me gusta. Me lo quiero cambiar. Quiero la ropa que trae mi mejor amiga. No seas envidiosa, Regina. Mis zapatos de charol, horrendos. Me sacan ampollas y mi mamá no me deja quitármelos. Mis calcetas me gustan. Están rodeadas de bordados. Me callan al hablar. Un pastel rosa. Es el deseo de alguien más. Se lo voy a robar. Yo deseo ser otra: quien decide qué ponerse, que tiene un armario lleno de ropa que la hace sentir cómoda, que tiene una voz y suena, que se rodea de gente bella. Se pone los zapatos que le gustan, pero, ¿cómo llegaría a ser ella?

El tiempo, el aliado más odiado. El tiempo tan esperado. Me levanto de la cama, me lavo la cara. ¿Quién es ahora la mujer que tanto soñaba? Deseé todo tipo de pelo, ojos, cuerpo, formas de ser, de ver. Usé todas mis máscaras solo por no ser quien realmente quería ser. Cuánto miedo nos da no saber. Tan fácil que suena dejarse guiar, transformarse y cambiar. Entran todas las etiquetas, el deber ser, el tengo que. Como si hubiera una meta, un premio, un nirvana que alcanzar al que no hubiera llegado ya. En los besos de mi abuela, ver a mis gatos jugar, la sonrisa de mi novio cuando lo hago sonrojar. Todos los espacios que habito y he habitado, o enseñan o me han enseñado algo. Es la constancia que tiene el hueco en mi pecho, como un hoyo negro que se siente eterno y decido llenar de oportunidad. No sería humana sin sentir que todo lo que hago no tiene ni principio ni fin. Sin sentido, perdida uno que otro día, termino por hacerlo porque lo pidió mi instinto, mi niña. Pasan las horas y me siento menos culpable por los deseos que mi cabeza hace, por buscar y buscar algo que solo yo sé dónde encontrar. Expresar. En este mundo lleno de limitantes, me creo capaz de caminar por las nubes. Todo dura un instante. La mente que se despierta no sirve para ser mascota: crea, sueña y explora. En mi imaginación infinita, mi devoción intuitiva, mi autenticidad, soy yo misma capaz de hacer, ser y expresar todos mis deseos realidad.

Desire

Sophia Giovannitti

Es curioso que te pidan escribir sobre el deseo, porque podrías escribir sobre cualquier cosa. Casi todo tiene que ver con el deseo. “Quiero” o “no quiero” está presente en casi todo lo que digo, hago o pienso, aunque a veces esté oculto.

La gente hace mucho por enterrar el deseo, porque el deseo es muy doloroso. En el deseo está implícito un “todavía no”. El momento en que estás a punto de conseguir lo que quieres, o cuando acabas de conseguirlo y la satisfacción profunda o la emoción se sostienen por un instante, es quizás la mejor sensación del mundo. No lo digo de manera superficial. Lo que quieres puede ser ser amada por la persona que amas, que tu animal se cure, coger con alguien, o comprar algo. Que te otorguen algo por lo que trabajaste muchísimo. El deseo puede ser superficial, pero la mayoría de las veces es profundo y significativo, sin importar lo superficial que parezca por fuera. Lo que logra escapar de la represión suele ser indicio de un pozo más grande y más complicado. Es maravilloso encontrar a alguien interesado en excavar tus deseos, y tú los suyos.

Me gusta pensar en el deseo, como me gusta pensar en muchas cosas, en memes. Acá van algunos que tengo guardados en capturas de pantalla en mi teléfono:

“Yo fingiendo que no me importa el deseo para que no se convierta en la raíz de todo sufrimiento,”
sobre una mujer mirándose las uñas.

“TODO DESEO ES DESEO DE DIOS,”
sobre unas manos con guantes de látex encima de un espejo.

“fui a la intersección entre el deseo y el sufrimiento y todos te conocían,”
en Twitter.

“¡ESTÁS DEMASIADO INVOLUCRADA EN EL ESPECTÁCULO MÁS AMPLIO COMO PARA ACTUAR SEGÚN TU DESEO!,”
sobre un enorme emoji amarillo, señalando y riendo.

Una foto que tomé de un camión que pasó junto a mí en Bowery, que decía: “Walmart OFERTAS DE BLACK FRIDAY presenta OFERTAS DE DESEO”, “Así se siente el deseo,”
sobre alguien arrodillado sobre hileras de lápices de colores.

De mi app de notas:
“Prohibición de armas de asalto
La mamá de Dave siendo razonable, sí vivimos en el infierno
Mi año humillante
Cangrejos en un balde
Radar de deseo”.

En una maleta negra, bordado en naranja,
“DeSire”.

“Esas hermosas mujeres desnudas presentaron un argumento convincente, voy a estrellar este barco contra las rocas,”
en Twitter.

“Tú haces arte para exhibir y vender.
Yo hago arte para sublimar el exceso de energía libidinal.
No somos iguales,”
sobre un tipo fisicoculturista sin camisa, canoso, de pie frente a una mesa de dibujo.

El frente y el reverso de una camiseta de Junya Watanabe Comme des Garçons SS2002:
“NO QUIERO SER TU AMANTE NI TU COMPAÑERA,
QUIERO SER TÚ / LO QUE VES, LO QUE OYES, LO QUE PIENSAS Y LO QUE SIENTES,
QUIERO SABERLO TODO SOBRE TI”.

“No he sido más que abrumadoramente intensa contigo y así es como me tratas,”
en Twitter.

Un diagrama de Venn que dice
“Psicosis Religiosa,” “Fantasías Maliciosas” y “Hermosa,”
y en el centro de los tres, “Material de Esposa”.

O quizás el mejor de todos, con el formato del muñequito en un púlpito hablándole a una multitud:
“Quién desea,” y todos levantan la mano.
“Quién sabe que desea,” y nadie lo hace.

Tengo otra captura, de una historia de Instagram de 2023 de una escritora cuyo trabajo amo, que escribe con mucha perspicacia sobre el deseo. Ella publicó su propia captura, de un hilo de mensajes de iPhone. Alguien le había mandado una foto de la pantalla de su laptop, pixelada como siempre queda la fotografía amateur de una pantalla, en primer plano sobre dos párrafos de un PDF que estaba leyendo. La persona mandó la foto y, debajo, un texto citando el PDF: “La introvertida como creyente de su orientación singular hacia el mundo… su subjetividad.”

Los párrafos hablaban de Jung, y de “la introvertida de Jung.” A diferencia de lo que después definió coloquialmente a la introvertida de Myers-Briggs —”quietud, soledad o indecisión”—, Jung había definido a su introvertida por el “factor subjetivo”: la ya mencionada creencia de la introvertida en la superioridad de “su subjetividad,” “por encima de las expectativas y los deseos de quienes la rodean.” Cuando lo busco, descubro que estos párrafos truncados y de baja resolución vienen de todo un libro sobre Myers-Briggs, escrito por una académica y crítica muy respetada. Pero prefiero la forma en que la definición de la introvertida —de “ella”— vive en mi teléfono. La cualidad estratificada y apagada de los yoes que se ven, no se ven, y se cruzan entre sí: la intimidad casi impactante de ver los mensajes de otra persona, la imagen de su hermoso rostro en una esquina, la evidencia en la otra esquina de que a mi teléfono casi se le acababa la batería cuando tomé la captura, mi curiosidad persistente por lo que estaba haciendo alrededor de las 9:38 a.m. del 15 de febrero de 2023, que hizo que estas palabras me saltaran especialmente a la vista, y que ya perdí en la memoria. Todo esto es en sí mismo un texto rico y social, uno que colecciono y del que me obsesiono, en privado.

Me experimento a mí misma como introvertida, y así ha sido durante la mayor parte de mi vida adulta. A menudo describo esta postura como antisocial, pero eso no logra capturar cómo se siente. De hecho, soy increíblemente social, pero gran parte de mi sociabilidad ocurre con, y dentro de, mí misma.

En un ensayo de 2019, publicado como parte de “Conditions,” una serie que “explora[ba] cómo distintas fuerzas afectan nuestra capacidad de vivir vidas plenas y creativas,” la escritora que publicó los mensajes —Tiana Reid— escribió: Después de una ruptura, salí con más gente que nunca ese año, lo cual seguía sin ser mucho, pero a estas personas nuevas, que llevaban apenas un minuto en mi vida, les daba todo: tiempo, sueños, cenas, deseo. Después de todo, todo no es mucho cuando sientes que no tienes nada. No podía dejar de comparar su exterior con mi interior. El terror se detenía, aunque fuera momentáneamente, cuando devoraba el interior de un texto. Aunque escribe sobre la lectura, le recuerda a su lector que “la cultura queer negra nos ha enseñado que no solo se leen los textos, se nos lee a ti y a mí.”

Una introvertida pasa mucho tiempo leyéndose a sí misma. Su deseo, y todo lo que contiene: miedo, esperanza, dolor, alegría, aburrimiento, angustia, confusión, curiosidad. Leer un texto, cualquier texto, arraiga y nutre tu —mi— interior. Esto es lo que quiero hacer gran parte de mi tiempo, y es lo que hago gran parte de mi tiempo. Ya muy rara vez tengo que, o me siento obligada a, darle todo a cualquiera. Atribuyo esta capacidad —de vivir como quiero vivir; de vivir como introvertida— en gran parte a haber sido bien amada por alguien durante nueve años.

No sabía que quería eso antes de tenerlo. Y a veces el deseo se te aparece así, solo después de los hechos: lo que
alguien más te dio. Lo que solo esa persona podía ver.

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