Transformando espacios desde una mirada paternal
Entrevista con Alessandro Arienzo, Cofundador de Lanza Atelier
(CULTURE)

La arquitectura suele pensarse como el arte de proyectar espacios, imaginar futuros y dar forma a la manera en que habitamos el mundo. Desde la misma vocación por construir, la paternidad es un camino que se da con cada tiempo compartido, la atención y el cuidado cotidiano.

En esta conversación, el arquitecto Alessandro Arienzo, Cofundador de Lanza Atelier, reflexiona sobre los cruces entre su práctica creativa y su experiencia como padre. A través de recuerdos de infancia, observaciones sobre la curiosidad de los niños y una profunda valoración de la presencia, habla de cómo la paternidad ha transformado su forma de mirar, diseñar y entender el paso del tiempo. Una conversación sobre los espacios que habitamos y aquellos que construimos con afecto, paciencia y memoria.

Cuéntanos sobre ti, tu trayectoria y el camino que te ha llevado a desarrollar tu práctica artística.

Soy mexicano. Crecí en el DF, San Jerónimo, calle Corregidora. Siempre me gustó transitar por la calle de Santiago que tenía muy bonitas casas. Mis recuerdas de niño son los que me relacionan con la belleza y el arte. Perla Krauze me dio clases de dibujo cuando tenía como 6 años, y siempre estaba dibujando en las sobremesas. A mis 14 años logré, con ayuda de mis padres, a montar un cuarto oscuro. A los 16 ya sabía que sería arquitecto. Siempre quise hacer las cosas sin limitaciones: “sin reglas”. También recuerdo que de niño ya quería ser adulto y con ello siempre me visualicé como papá. 

⁠¿Cómo ha transformado la paternidad tu manera de observar el mundo y de relacionarte con tu trabajo? 

Pues definitivamente me ha hecho ser más empático, más observador, más consciente y poco a poco más tranquilo. Soy arquitecto y ver de cerca la manera en que los niños activan espacios me han hecho reflexionar sobre los que nosotros diseñamos. Los niños no necesitan tanto el confort como nosotros lo entendemos. Necesitan espacios que despierten su curiosidad, que los hagan reír, que los hagan interactuar. También estar cerca de ellos nos hace más responsables en torno al mundo que les vamos a dejar. Nos hace ver un poco más al futuro. 

Cuando se trata de arquitectura, la atención suele ser una herramienta fundamental. ¿Qué te han enseñado tus hijos sobre mirar, escuchar o estar presente?

Por un lado, los hijos ven el mundo a través de tus ojos y, por otro, desde el suyo. La manera en que ellos relacionan las cosas y toman decisiones más ingenuas hacen que uno se dé cuenta de la cantidad de capas que tenemos como adultos. Esas capas muchas veces no son las mejores para conseguir llegar a soluciones creativas reales. Ellos retienen información con mucha facilidad, escuchan sin querer poner atención y están más presentes en sus interacciones cotidianas que nosotros que vivimos con muchas distracciones… es bonito que siendo padre de ellos, sus ojos se convierten también en el canal para nosotros poder ver más claro.

⁠ ¿Hay aspectos de tu práctica que han cambiado desde que eres padre, ya sea en tus procesos, intereses o formas de crear?

Pues la más significativa es el aprovechamiento del tiempo. Que se torna limitado. Pero que también hace que uno aprenda a trabajar menos o ser más eficiente. No llevarse trabajo a casa. Otra es que con el tiempo ellos también se vuelven parte de tu proceso. Yo les enseño en qué he estado trabajando y ellos me enseñan sus dibujos y tareas. Todo esto con amor.

⁠¿Qué valores, sensibilidades o formas de entender el mundo te gustaría transmitir a través de tu trabajo y en tu rol como padre?

Estar presentes. Si uno está presente todo cambia. Hacer la comida, bañarlos, llevarlos al colegio, ir a sus entrenamientos. Escuchar las maravillas que dicen. Ver cómo hacen las cosas. Dedicarle el tiempo necesario aunque sea para que ellos mismos bajen una escalera. Ser pacientes. Aprender a ser padre es algo de todos los días y yo creo es parecido a ser arquitecto. Siempre estamos en constante aprendizaje. Pensar que uno ya lo sabe todo sería el peor error. 

 

Si pudieras conservar un momento de la paternidad como una obra, una imagen, un objeto o una experiencia, ¿cuál sería y por qué? 

Yo ya aprendí que las cosas como tal no tienen valor. Lo importante es el proceso, lo que se conserva es la memoria. Desde que mis hijos abrieron sus ojos, desde cómo se sintió cargarlos por primera vez, hasta cuando compartes un chiste o aprendemos a jugar juntos. Cuidando ésto se hace más rico el crecer y se entiende positivamente el paso del tiempo. Lo más bonito de todo es que uno aprende a entender que todo pasa.

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